Moisés

[Mošěh]. Es sin duda el más alto personaje de la historia de Israel, al mismo tiempo que la más impresionante figura del relato bíblico.

Pero los libros en que aparece (v. Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), aunque colmados de su dominante presencia, no logran darnos la unidad ni la perfección de un retrato, ni se detienen en particulares relieves de escultura aislada; por el contrario, confían la descripción de Moisés únicamente al lenguaje de los hechos. En realidad, la poli­facética figura del gran jefe de Israel no es fácil de comprender en las interiorida­des de su alma, demasiado rica en recón­ditas energías; por el contrario, se vuelca casi por completo en la acción, aunque sin agotarse ni conmensurarse con ella.

El re­sultado es, en lugar de un retrato, una compleja y cautivadora aventura del pue­blo predestinado, que a luminosos ramala­zos nos deja adivinar el gesto creador de un auténtico genio: alternativamente ani­mador y caudillo, taumaturgo y místico, le­gislador y poeta; hombre de contenida vio­lencia y de súbitas explosiones, cuya soli­taria grandeza guarda los ecos de su con­tinua relación con Dios. La infancia de Moisés, el «salvado de las aguas», no exen­ta de signos premonitorios, está tratada, a pesar de todo, con sencillez y fineza poé­ticas. El período que sigue, de permanen­cia y educación en la corte, prepara la lucha interior del revolucionario social y la sagacidad del futuro libertador.

Al dar­se cuenta de sus tremendos tumultos in­teriores, Moisés comete un homicidio, se coloca fuera de la ley y se ve obligado a buscar en la fuga, lejos de la vida ciu­dadana, seguridad y reposo; pero en lugar de ello encuentra a Dios y le es revelado el claro designio de su misión. En tierras de Madian, mientras apacienta los rebaños de su suegro Jetró (v.), se le aparece el Dios de Abraham (v.) en la visión de la «zarza ardiendo» y le revela su nombre: Yahvé (Yhwh = «él es» o «él hace ser»). Fortalecido por aquel nombre, que le re­cuerda las promesas del pasado y le da la certidumbre de su futuro cumplimiento, constituyendo con ello su programa y su defensa, Moisés regresa a su pueblo.

No sabe hablar: su poder no es una hueca exterioridad, sino que se manifiesta en ademanes, órdenes y signos portentosos. Las «diez plagas» de Egipto son un len­guaje amenazador de singular dialéctica; después de ellas no se puede dejar de ceder al sobrehumano poder de quien las hizo hablar. Y he aquí la estupenda epo­peya del «paso del mar Rojo», que tantas veces ha inspirado a los pintores, y he aquí, como suprema cumbre de una incomparable misión, la Teofanía y la Alianza del Sinaí. En aquel escenario de primitiva grandeza se organiza finalmente el pueblo de Dios, al cual Moisés ha dado unidad, independencia, organización, ley y concien­cia de sus propios destinos. Pero el ocaso de ese hombre-gigante se colorea de tintas más humanas, esto es, más cercanas a nos­otros.

La Biblia parece cubrir con un res­petuoso velo de silencio el «oprobio» de los treinta y ocho años de desierto: tal vez una sombra de desconfianza pasó un ins­tante por aquella alma intrépida. Pero lo cierto es que el caudillo no pudo conducir su pueblo hasta la tierra de promisión. Su muerte volvió a ser como su vida: la misma grandiosa y abrupta soledad de una misión divina. Después de haber compuesto aquel cántico suyo, que es una enérgica visión poética de la historia, Moisés saludó a cada una de las tribus y subió al monte Nebo, para morir allí a la vista de la tierra prometida, según designio del Señor. «Y en Israel no surgió profeta mayor que él, que vio a Dios cara a cara». Sólo la escultura de Miguel Ángel puede inter­pretar dignamente esa figura bíblica, que, según Bossuet, «es la de un hombre na­cido para el bien del mundo y que en esta misión halló su grandeza».

E. Bartoletti