Es la gran ballena a la cual da caza Acab (v.) en la novela Moby Dick (v.) del autor americano Hermán Melville (1819-1891).
En las más remotas regiones del conocimiento humano, donde la imaginación, incapaz de tolerar el vacío, llena de monstruos marinos los indefinidos márgenes de sus mapamundis, «este Leviatán viene hacia nosotros desde las fuentes de la Eternidad». Hasta el Génesis (v.) se remontan en efecto sus orígenes, por cuanto Moby Dick desciende del «gran pez» que engulló a Jonás (v.) y «del dragón (de Isaías) que se halla en el mar»; sus antepasados, generación tras generación, han ido saliendo de sus apocalípticas profundidades submarinas para atormentar, enloquecer, mutilar y destruir a los espíritus presuntuosos que pretendían desentrañar los secretos del universo.
Moby Dick se distingue de las demás ballenas no tanto por sus enormes dimensiones como por «una peculiar frente rugosa, blanca como la nieve, y una alta joroba blanca piramidal»; el resto de su cuerpo está «tan estriado, manchado y jaspeado de color de sudario que aquellos que la persiguen le han dado el nombre de Ballena Blanca». Como el último de esos cazadores, Acab, es la suma de todos los cazadores que le han precedido, también Moby Dick, el destructor a quien Acab pretende destruir, es la cifra y compendio de todos los monstruos que la imaginación del mundo occidental, creando uno tras otro los distintos mapas de derrota de la vida humana, ha situado en los más remotos límites de cada uno.
Y sobre este destructor, en el que, en lucha mutua, culminan los sucesivos destructores de Israel, de Grecia, de Roma y de la cristiandad, el cazador Acab arroja «la suma de toda la ira y de todo el odio que su raza entera ha sentido desde los tiempos de Adán». La apocalíptica ballena que pretende destruir no es distinta de él mismo: es la criatura de la mente de Acab «que sondea los mares hasta su fondo»; es la «monomaníaca encarnación» de la visión moral y dramática de Acab; es la visión moral y dramática que ha creado a Acab y cuyas extremas posibilidades éste encarna; es el universo moral y dramático cuya paradójica, ambigua y heterogénea sustancia es la sustancia misma de Acab, el «último» de los hombres occidentales. ¿Cómo — grita éste, enloquecido y mutilado por aquel monstruo que es él mismo —, cómo puede el prisionero, encerrado por su propia y agonizante entidad humana en lo que él mismo es, escapar a ese monstruo, ir más allá que él, si no es «cazándose a través del muro»? La Ballena Blanca «es ese muro que han levantado a mi lado»; y contra Moby Dick, terrible en su «insultante fuerza», y en su «inescrutable malicia», y en la ferocidad con que ataca a quienes le siguen, el terrible viejo Acab desencadena su destructor odio suicida.
Al otro lado del muro, más allá de la monstruosa masa blanca de ese «fantasma diabólico que… nada ante todos los corazones humanos», hay… tal vez no hay nada: «el vacío y la inmensidad despiadada» que la imaginación puede soportar todavía menos de lo que se soporta a monstruos y demonios: aquella «absoluta libertad metafísica» que James (v. Milly Theale) llama «la libertad del viento en el desierto» y que es a la vez liberación con respecto a la servidumbre humana y negación de ésta; un nuevo universo, desconocido, impersonal, más allá de la moral, más allá del drama, más allá de las exigencias salvajes del alma humana y más allá de los crueles engaños con que el mundo visible, «formado en el amor» y cubierto de afeites «como una prostituta», pretende encerrar a las almas de los hombres como en su «sepulcro».
La odiosa y aterrorizadora blancura de la ballena, «que más que color es ausencia visible de color», pero que a pesar de ello contiene y disuelve en sí todos los colores, sugiere la naturaleza de esas «esferas invisibles» que hay más allá: esferas «formadas en el espanto», puros vacíos de una Bizancio americana, sin línea ni forma, en la que el cazador de ballenas, que mira de hito en hito, hasta quedarse ciego, «el monumental sudario blanco que envuelve toda perspectiva a su alrededor», se^ consume en el frío éxtasis de una visión que nada ve: «ni sombra de árbol, ni rama que rompiera el fijo estupor de la blancura».
En el extremo límite de la Tierra, allí donde el mundo de los hombres, como en la antigua cosmografía, se hunde en un abismo, Moby Dick, señor de los «bárbaros mares», monta la guardia de una soledad heroica y grandiosa como la de Acab en los mares del más allá. Con una «maldad inteligente y sin ejemplo», rechaza con sus golpes a los cazadores que, al destruirla, dejarían su condición humana para pasar a través de aquélla a un mundo despoblado más allá del Sol: tales hombres sólo se destruyen a sí mismos. Pero en la Ballena Blanca, para Acab, se hallan «visiblemente personificadas, y hechas prácticamente atacables», las fuentes mismas de la angustia humana. «¿No os maravilla entonces esa caza tan feroz?»
S. Geist

