[Myrrha]. Personaje de la mitología griega. Hija de Ciniro, rey de Chipre, arde en incestuoso amor por su padre, con quien se une secretamente y sin que él la reconozca; fugitiva luego del reino paterno, es transformada en el árbol de la mirra, de cuyo tronco nacerá el hijo de aquel nefando amor, Adonis (v.), destinado a amar a Venus y a morir prematuramente.
Este mito se narra en el libro X de las Metamorfosis (v.) de Ovidio, donde se describen elocuentemente la desesperación de la muchacha ante su insana pasión, su intento de suicidio, la torpe compasión de la nodriza que la ayuda a satisfacer su culpable ardor, su fuga y su prodigiosa transformación. En el relato de Ovidio se inspiró Alfieri, que vió en Mirra una de sus criaturas trágicas, empeñadas en una lucha sin esperanzas y marcadas desde su nacimiento por la sombra de la muerte.
La protagonista de la tragedia alfieriana titulada con su nombre (v.) no se entrega ni por un instante a su pecaminosa pasión, antes por el contrario la rechaza horrorizada: inocente y pura, única hija de Ciniro y de Cecris, que por ella siente el natural afecto, indulgencia y conmovida admiración, Mirra se ha dado cuenta de que en su interior surgía, como una misteriosa maldición, aquel sueño pecaminoso, y no ha sido capaz de dominarlo oponiendo al afecto otro afecto y a la pasión sufrida la acción liberadora, sino que ha renunciado a luchar y sólo se esfuerza, más que por olvidar o por crearse una vida nueva, por esconder a los suyos su vergonzoso secreto que cada uno de sus actos y cada una de sus palabras le parece revelar, y por huir a su cariñosa insistencia en intentar descubrir la causa de aquella tristeza y devolverle la salud y la paz.
Así, la culpable madre de Adonis en el mito antiguo, se ha convertido en el poeta moderno en la heroína y casi la mártir de la pureza; y su figura se hermana más bien con la de otros personajes alfierianos, empeñados como ella en una lucha análoga para reprimir en su pecho un amor ilícito y mantenerse fieles a un ideal: tales Isabella en el Felipe (v.) o, mejor aún, Antígona (v.) en la tragedia de su mismo nombre (v.). Para esos personajes, como para los demás de Alfieri, el amor no puede ser afirmación de vida y gloriosa expansión de las fuerzas del alma, sino que se presenta a la conciencia como algo prohibido, de lo que no se puede ni huir, pero que tampoco cabe apagar, y que se asienta en el alma como una fuerza destructora.
Pero Mirra, más infeliz que aquellos otros personajes, por cuanto está empeñada en una lucha tan superior a sus fuerzas y se abandona a ella con toda la desesperación de una adolescente, carece de todo apoyo y de todo consuelo: ni siquiera la muerte, tantas veces invocada, viene a liberarla y purificarla como a tantos personajes de Alfieri que «sólo en ella liberan su corazón», ya que la desdichada Mirra, antes de atravesarse el corazón con la espada paterna, deja escapar el secreto que tan obstinada y dolorosamente defendiera, y muere con la conciencia de que todo ha sido inútil — su larga y dura lucha no menos que la muerte misma — y lamentando acongojadamente su inocencia perdida.
M. Fubini

