Mimí y Rodolfo

[Mimi y Rodolphe]. Personajes de la novela Escenas de la vida bohemia (v.), de Henri Murger (1822- 1861). Una inocente retórica, la más amable y vaporosa que floreció en la literatura del siglo XIX, ha creado las figuras ligeras, entre verdaderas y falsas, a la vez cínicas y amables, dulzonas y melancólicamente amargas de Mimi y de Rodolfo, que la di­fusión de La Bohème (v.) de Puccini (1858- 1924) ha hecho simpáticas a la pequeña burguesía finisecular, que ha visto en ellas unos símbolos.

Tal vez en Mimi, minada por la tisis y tierna e inconscientemente cí­nica en sus caprichos de prostituta son­riente, sin dramas a lo Dumas, vio la ven­gadora de sus «locuras» a la moda pari­siense, más aún que una víctima de la miseria. Tal vez en Rodolfo vio la imagen burguesa de la «poesía», una imagen en la que pudo complacerse impunemente, por cuanto había sido creada por su propio des­interés ante la realidad difícil y oscura del arte. Rodolfo es la encarnación de la «bohemia» en lo que tiene de más gratuito; en él no hay problema ninguno moral ni social; Rodolfo es un joven por completo irreflexivo. En realidad, el final de la juven­tud lo hallará establecido y «situado», aten­to a un bienestar en el que renegará de toda su vida anterior, de la que ha des­cubierto toda la «falsedad».

La propia Mi- mí enamorada, esa Mimí que debe morir porque, como dice un amigo de Rodolfo, «la juventud sólo tiene una estación», es el símbolo de la juventud pobre y libre, dispuesta a desaparecer de la escena en el momento oportuno, y por ello los hombres del «liberty» amaron en ella una imagen. Mimí confirma sus sueños y sus nostal­gias, venga todas sus inhibiciones domés­ticas y mitiga, por el mero hecho de exis­tir como imagen, los desequilibrios de una vida fundada en una moral deformada, que respeta mucho más una exagerada dignidad que cualquier sincero movimiento del cora­zón. Suave y amorosa Mimí: lejos, muy le­jos, enterrado en el corazón de todos, pero siempre verdadero, está su dulce rostro pa­tético; y verdadera es su muerte, dulce como la muerte de los primeros sueños, y verdadero su amor caprichoso y tenaz, y no menos verdadero es que en sus es­cuálidas manecitas muere la juventud.

Nin­gún Rodolfo superviviente, olvidadizo y apaciguado, «tránsfuga de la bohemia al mundo de las personas decentes», ningún Rodolfo tan trivialmente verdadero logra­rá jamás ser más verdadero que ella.

G. Veronesi