Midas

Es el personaje de uno de los episodios más conocidos de las Me­tamorfosis (v.) de Ovidio (42 a. de C.- 19 d. de C.). Este episodio se presenta a modo de un díptico: en la primera parte Midas, rey de Frigia, acoge a Sileno que en su embriaguez se había desviado de su camino cuando el cortejo de Baco atra­vesaba Frigia.

Y después de retenerle du­rante diez días, honrándole con fiestas y banquetes, lo acompaña a Lidia y lo res­tituye a Baco. Éste, para recompensar al rey la hospitalidad que concediera a Si­leno, le ofrece el don que él mismo elija: Midas, en su necedad, pide al dios que todo cuanto toque se transforme en oro, y cree así obtener el mejor de los premios. Baco lamenta esta petición, destinada a perju­dicar y no a ser útil, pero, fiel a su pro­mesa, la satisface. A partir de entonces el propio relato de Ovidio parece centellear como el oro: todo cuanto Midas toca se transforma en el precioso metal: arranca la rama de un árbol y la rama se trueca en una vara de oro; en oro se convierten las espigas de trigo y los frutos que Midas roza con sus dedos, y las puertas que abre, y el agua en que se baña.

Al final Midas queda abrumado por este torrente de deslumbradora riqueza que de todas par­tes se precipita contra él: incluso los man­jares que lleva a sus labios y el vino que intenta beber se convierten en oro. El don magnífico de Baco ha perdido todo «el esplendor soñado en la imaginación y en la espera: la riqueza se ha convertido en un peligro y un estorbo. Y Midas, cam­biando de opinión, pide a Baco que le libe­re de aquella desventura, y el dios, benig­namente, le aconseja un medio para reco­brar su primitiva condición: un baño en el río Pactolo. Así Midas, al sumergirse en las aguas de aquel río de Lidia, pierde su fu­nesta virtud y desde aquel momento el Pactolo arrastra en su curso arenas aurífe­ras: el relato se termina en los fabulosos colores de un fastuoso mito oriental, que el poeta narra con cierta indiferencia, aunque recreándose en la abundancia de los deta­lles.

En la segunda parte, el rey frigio, que ahora odia las riquezas, anda errante por selvas y llanuras buscando recobrar la vir­ginidad de espíritu en contacto con la Na­turaleza; pero nació tonto, y tonto vive y morirá («Pingue sed ingenium mansit…»). Así se demuestra cuando tiene ocasión de asistir al certamen musical entre el dios de los bosques, Pan, que toca la zampoña, y Apolo, que tañe la lira. Apenas Apolo con su arte divino hace vibrar las cuerdas de su instrumento y la música cunde por los alrededores, el dios ‘Tmolo, árbitro del certamen, fascinado y maravillado ordena a Pan que guarde su zampoña.

Todos los asistentes alaban el juicio de Tmolo: sólo Midas difiere de él; entonces Apolo, eno­jado de que aquellas orejas tan poco finas conserven su aspecto humano, las trans­forma en orejas de asno. El pobre Midas, desesperado, intenta ocultar su vergüenza cubriéndose la cabeza con una tiara: sólo su barbero está enterado de que el rey tiene orejas de asno. Un día, no pudiendo con­tener su deseo de contar aquella cómica novedad a alguien, el barbero abre un hoyo en un lugar solitario y grita en él: «¡El rey Midas tiene orejas de pollino!» y luego vuelve a colmar el hoyo. Pero al cabo de un año ha nacido allí un caña­veral que cuando el viento lo agita repite a todos las palabras del barbero: «¡El rey Midas tiene orejas de pollino!». El ingenio del poeta no podía hacer resaltar mejor la necedad irremediable del rey frigio.

G. Puccioni