Mesalina

Es una de aquellas figuras que ya nacen convertidas en personaje, cuyo mito es mucho más real que su exis­tencia efectiva. Sus primeros historiógrafos, Tácito (55-120) y Suetonio (s. I), son ya, respecto a ella, inconscientes novelistas, por cuanto sus rasgos les habían ya llegado transfigurados.

Aunque no haya inspirado muchas producciones literarias, Mesalina ha seguido viviendo en aquella literatura no escrita que constituye la cultura patrimonial del pueblo. Durante mucho tiempo, fue un símbolo fisiológico, la femineidad desen­frenada que sólo vive en el sexo y para el sexo: así nos la presentan los Anales (v.) de Tácito y Las vidas de los doce Cé­sares (v.), de Suetonio. Durante el roman­ticismo y el postrromanticismo, ese fantas­ma de lujuria se enriqueció con nuevos elementos.

Protagonista del drama titulado con su nombre (v.), de Pietro Cossa (1830-1881), Mesalina se eleva hasta el amor, un cruel amor que iguala en violencia la sensualidad y en el que el espíritu se ma­nifiesta tan desenfrenado como la carne. En contacto con los valores morales, Me­salina los subvierte y funda una ética pa­sional que cifra el bien supremo en el amor sensual que todo lo justifica. En una comedia de Alexandre Dumas hijo, La mujer de Claudio (v.), su sombra reapa­rece en formas modernas, como símbolo del desasosiego femenino, de una eterna desilusión, espiritual y sexual a la vez, de la mujer frente al hombre.

Incluida entre las Cortesanas célebres, de Paul de Kock, Mesalina vive gracias a aquel parnasianismo popular que se complace sobre todo en reunir los dos nombres de cortesana y de emperatriz, y se nos presenta como una orgiástica dominadora de los dos ex­tremos a que, en la jerarquía social, pue­de llegar la mujer.

U. Déttore