Melibea

Personaje de la Tragicomedia de Calisto y Melibea (v. La Celestina) de Fernando de Rojas (14759-1541). Apuesta y de noble alma, de serenísima prosapia, su­blimada en condición de riqueza, única heredera de su padre Pleberio y adorada por su madre Elisa, Melibea inspira a Calisto (v.) un amor tan platónico como apasionado.

La primera vez que encuentra al muchacho, Melibea se siente ofendida por el «insensato ardor» de éste, que la aborda Con el entusiasmo un poco torpe del amor primero. Asimismo, a las prime­ras palabras de Celestina (v.), Melibea reacciona sintiéndose ofendida en su dig­nidad. Pero pronto la tenacidad de la al­cahueta halla el acento justo: no pide a Melibea otra cosa que una oración contra el mal de dientes y el cordón de su ves­tido, del cual se dice que tocó todas las reliquias de Roma y de Jerusalén. Meli­bea siente desvanecerse su cólera y sonríe, y un instante más tarde lamenta haberse abandonado a su resentimiento.

En efecto, ya sabe cuál es el «diente» que duele a Calisto y no vacila en enviarle la esperada prenda. Y su camarera Lucrecia comenta: «Todo se acabó para mi señora». El amor se apodera súbitamente de Melibea, aunque ésta, frente a la tercera, sigue fingiendo re­sistencia, pero la confesión de su terrible mal («¿Cómo dice que se llama este dolor que se ha apoderado de la mejor parte de mi cuerpo?» «Dulce amor ») no ha de tar­dar. Y el primitivo instinto de resistencia se transforma en apasionada entrega: honesti­dad, pudor, todo pierde su significación ante el amor victorioso.

La primera cita es la re­velación de un alma delicada y apasionada presa de su primer enamoramiento: cuan­do Calisto, insatisfecho con los goces del amor platónico, quiere poseerla, la resis­tencia de Melibea es meramente formal. Perdido aquello que se solía llamar el honor, Melibea parece lamentarse con las expresiones más convencionales y distraí­das, mientras su deseo se expresa en cam­bio con los más sinceros transportes: «Oh, señor, ya que ahora soy completamente tuya, deja que te vea públicamente, de día, y de noche te esperaré siempre donde tú quieras, dispuesta al goce con que aguar­do las noches que habrán de venir».

El amor, naturalmente, no está exento de celos: basta que Calisto tarde para que Melibea exhale en un canto su tristeza. Pero Calisto llega y todo son dulzuras: sin respetar el vestido, las manos audaces despiertan apenas una mínima protesta. Su amor es un amor completo; capaz de arre­batarle la prudente iniciativa contra el fo­goso pero brutal ímpetu del varón. Pero la felicidad no dura más de un mes. Muerto el objeto de un amor tan total, la propia vida de Melibea pierde toda su razón de ser: más aún, es precisamente la muerte la que confiere carácter sobrehumano ante sus ojos a un ser como Calisto.

Y enton­ces, incluso para Melibea no hay otra al­ternativa que la muerte, ya que sólo ésta puede reuniría con el amado. Después de un largo soliloquio lleno de humanidad, al que evidentemente se añadieron en fecha pos­terior numerosas referencias históricas que en cierto modo recuerdan aspectos de su tragedia personal, y tras una patética con­fesión a su padre, en la cual el amor adquiere la fuerza de una lógica irrefutable, Melibea se precipita desde lo alto de una torre y . pone fin a sus días.

R. Richard