Mefistófeles

[Mephistopheles]. Es el Demonio (v. Diablo) que acompaña a Faus­to (v.) en el poema dramático Fausto (v.) de Wolfgang Goethe (1749-1832), para arras­trarle a la perdición después de haber propuesto al Señor poner a prueba la vir­tud de aquél y de haber cerrado con él un pacto.

La figura de Mefistófeles tiene dos aspectos: como amargo y burlón ob­servador de lo creado, personifica la pura racionalidad, aplicada únicamente a lo que existe de momento, sin ocuparse del por­venir. No comprende nada de cuanto tras­ciende a lo racional, y por lo mismo no puede comprender siquiera el afán que im­pulsa a Fausto a engrandecerse, si no es en cuanto este afán, insatisfecho, le sirve para subyugar a aquél, y le brinda la po­sibilidad de llevar su alma a la perdición. Mefistófeles no ama nada, no ve el bien en nada, pero tampoco en nada ve el mal. Es el perpetuo negador de todo. Este as­pecto, en el que se revela su cínica na­turaleza, está acompañado de un aspecto positivo, que es el que caracteriza su fi­gura.

Mefistófeles, aun sin tener concien­cia de ello, es también el valioso y nece­sario colaborador de Fausto en el curso de sus experiencias, ya que, ilusionándole con la esperanza de dominar la Natura­leza y de forzar sus leyes, así como de gozar hasta la saciedad de todos los bienes materiales, le instiga a ver claro y a des­cubrir la verdad. En el fondo, Mefistófeles, en cuanto constituye el estímulo a una incesante actividad humana, no es otra cosa que el instrumento de que Dios se sirve para salvar a Fausto. En efecto, mien­tras para él es estúpido y absurdo intentar rebasar los límites de la naturaleza huma­na, Fausto, en su constante anhelo y en su insaciable deseo de superación, halla la razón de su victoria sobre el demonio.

És­te, por lo tanto, se manifiesta cada vez más impotente frente al espíritu del hom­bre: si en la primera parte del poema pa­recía dominar todas las situaciones, en la segunda parte le vemos prestarse cada vez más a servir a Fausto; se había empeñado en satisfacer todos los deseos de su com­pañero y no se había percatado de que, en­cendiendo en él deseos cada vez nuevos, le estaba ayudando a acercarse cada vez más a Dios. Así, hasta el último momento, Mefistófeles se hace la ilusión de haber ga­nado la partida y no se da cuenta de su derrota hasta el momento en que ve como los ángeles se llevan consigo la parte in­mortal de Fausto.

R. Bottacchiari