Hija de Etes, rey de Cólquida, y nieta de Helios. Figura mítica griega muy antigua, de la que a veces los poetas han hecho una divinidad, generalmente aparece sólo como una maga dotada de un fabuloso poder que le permite adormecer dragones, hacer invulnerables a los hombres o restituir la juventud a los ancianos.
El más conocido de sus mitos, tal como fue elaborado en distintas épocas por los poetas y mitógrafos griegos, puede resumirse brevemente como sigue. Como hija del rey de Cólquida, participó en la expedición de los argonautas a la conquista del Vellocino de oro, en cuanto ella era quien ayudaba con sus artes a Jasón (v.) a llevar a cabo aquella empresa, demasiado ardua para fuerzas únicamente humanas. El motivo de su colaboración era el amor que sentía por aquel héroe. Al regreso de Jasón, Medea huyó con él, y los de Cólquida salieron en persecución suya. Más tarde, a su llegada a Iolco, devolvió la juventud a Esón, padre de Jasón, haciéndolo hervir en un baño de hierbas mágicas, y después persuadió a las hijas de Pelias para que hicieran lo mismo con su propio padre, pero, indicándoles otras hierbas, carentes de toda virtud, provocó la muerte de aquél.
Otra parte de su vida se relaciona con la historia mítica de Corinto, donde Medea dio muerte al rey Creón y a su hija Creusa, con quien Jasón, después de abandonar a Medea, había contraído segundas nupcias. En Atenas, asimismo, se creía que Medea había sido esposa del rey Egeo, luego de haber huido de Corinto, y que también de Atenas había sido expulsada, por haber instigado a Egeo a que enviara a su hijo Teseo a combatir al toro salvaje de Maratón y, más tarde, por haber intentado envenenar a ese mismo Teseo. En la literatura, Medea era considerada ante todo como maga en las obras más antiguas, a partir del Ciclo épico griego (v.) y en otras obras perdidas, entre las cuales figuraban tragedias de Esquilo y de Sófocles. Análogo carácter tiene en la IV Pítica, de Píndaro. Pero Eurípides le infundió un nuevo carácter, convirtiéndola en figura propiamente humana, agitada por pasiones que, aunque avasalladoras, no dejaban de ser humanas.
En su tragedia Medea (v.), cuyo tema es el episodio de Corinto, la actuación de Medea es de un crueldad monstruosa — llega al extremo de dar muerte a sus propios hijos—, pero está motivada por impulsos sentimentales, por la vida íntima de una mujer obligada por amor a dejar su patria y abandonada luego por su amante. Medea es, en suma, una víctima, como tantas otras figuras femeninas favoritas de Eurípides. Conserva el rasgo mítico de la brujería, la cual, sin embargo, sólo tiene en la tragedia un valor secundario. La interpretación euripidiana tuvo gran éxito y halló eco no sólo en los trágicos posteriores sino también en la comedia, aunque de toda esa producción poética griega sólo nos quedan listas de títulos y escasas noticias dispersas.
Los escritores latinos se basaron en esa misma interpretación, de acuerdo con la cual figuró Medea en las obras —también perdidas — de Ennio, Pacuvio y Accio. Por otra parte, también el mito del auxilio prestado por Medea a Jasón fue poéticamente refundido humanizando la acción, acentuando el motivo del amor y limitando el aspecto más fantástico y tenebroso, relativo a los actos de brujería. En la nueva elaboración poética del mito de los argonautas participó ante todo Apolonio de Rodas (v. Argonáuticas), el cual en cierto modo separó la Medea enamorada, muchacha débil e inocente, a quien retrata en el momento en que nace su nueva pasión, de la Medea tradicional, hechicera de sobrehumano poder.
Tal separación se conserva en Ovidio, el cual, sin embargo, acentúa uno u otro carácter de ese personaje, de acuerdo con el contexto, y habla unas veces de Medea como de una sencilla muchacha, maga pero vencida a su vez por un amor más fuerte que ella (cfr. la carta XII, de las Heroídas), y otras veces la presenta como una figura sombría y misteriosa, como una bruja de horribles y criminales artes: así cuando Hipsípila (v.), su rival, habla de ella en su carta a Jasón (Heroídas, carta VI), o cuando se trata de los encantamientos operados en Esón y en Pelias (en el séptimo libro de las Metamorfosis, v.).
La antigua falta de coherencia de ese personaje perduró en la literatura, lo mismo en las versiones épicas de la gesta de los argonautas (como por ejemplo en el poema de Valerio Flaco) que en la poesía dramática. En este último aspecto hay que citar la tragedia de Séneca, cuyo asunto está tomado de la de Eurípides. También en esa tragedia se atribuyen a Medea pasiones humanas exasperadas y exaltadas enfáticamente con medios estilísticos y escénicos destinados a comunicar al público, de un modo directo y sobrecogedor, el horror de su aventura,, que Eurípides había tratado con mayor discreción y valiéndose de medios más aceptables.
F. Codino

