María Magdalena

Es uno de los personajes más nota­bles del Evangelio en el aspecto literario y artístico. Desde las eruditísimas páginas de Pietro Aretino acerca de la conversión de la «señora de Magdala» (v. De la Hu­manidad del Hijo de Dios), con la com­placida y detallada descripción de las artes de seducción de la pecadora y de sus tí­midos pasos hacia Jesús, hasta las mís­ticas narraciones barrocas del español Ma­lón de Chaide (v. María Magdalena) y a las morbosas insinuaciones de Renán (v. Vida de Jesús); y desde la novela de fo­lletín a que la historia de María Magda­lena ha sido reducida por Hall Caine hasta la exégesis de Mauriac sobre los «siete de­monios» como síntesis de todos los vicios de aquélla y la larga serie de obras de im­portancia diversa inspiradas por este su­gestivo tema, la famosa «cortesana» resume en su nombre todo el poder de embrute­cimiento y de sublimación de la mujer.

En la historia de Jesús hay tres personajes que pueden identificarse con ella: María, her­mana de Marta (v.) y de Lázaro (v.); Ma­ría Magdalena; y una pecadora anónima que, cual la hermana de Lázaro, unge a Jesús durante un banquete. Los comen­taristas, o bien diferencian a las tres mu­jeres, o identifican a María Magdalena con la última algunos, y otros con María de Lázaro, o bien ven en las tres figuras a una sola María Magdalena, sacada por Jesucristo del lodo a la luz. La Iglesia grie­ga, ya con Orígenes, distinguió siempre las tres mujeres entre ellas; la Iglesia latina de los primeros siglos fue también del mismo parecer, pero, desde que San Gregorio Magno, y no precisamente por ra­zones exegéticas, defendió calurosamente la identidad de aquéllas, los escritores posteriores no se sustrajeron al influjo de su autoridad.

De mantenerse como segura la distinción entre las tres, hay, empero, noticias suficientes acerca de María Magda­lena para evidenciar la enorme fuerza del personaje, aun prescindiendo de la premisa de su vida pecaminosa. María Magdalena era rica, pero su vida se hallaba rota por una indecible calamidad: estaba poseída «por siete demonios». El número siete in­dica, a la manera hebrea, una plenitud e intensidad de posesión; en algún otro pa­saje del Evangelio, la mención de los siete demonios se halla aneja a la idea de una recaída, mientras que la obsesión múltiple del endemoniado de Gerasa está relacionada con los terribles fenómenos que aquélla producía en el poseso. Es posible que, asi­mismo, la obsesión de María Magdalena tuviera manifestaciones dolorosamente re­pugnantes, que, no obstante, los evangelis­tas indicaron sin inoportunas insistencias por respeto a su sexo.

Libre del espantoso azote, María Magdalena es un trofeo de Cristo, y no lo ignora: su vida entera y todo su ser se hallan a disposición del triunfador de Satán (v. Diablo). Magdale­na se siente vinculada a Jesucristo con un vasallaje de amor que obliga a todos sus recursos materiales y espirituales y a toda la riqueza de su patrimonio y de su amor. Después de la liberación, ya no se separa jamás del Maestro, y le presta aquellos humildes servicios que nadie más que una mujer sabe llevar a cabo con íntima entrega y alegría. Cuando, sobre el Calvario, el nombre y la obra de Jesús parecen arro­llados y sepultados por la infamia, María Magdalena permanece bajo la cruz, como un vivo testimonio de fe. Ante la tumba que acoge el cuerpo de Cristo, medita un último acto de gratitud, y, al alborear del domingo junto con otras mujeres, se diri­ge al huerto solitario y llega al sepulcro «muy de mañana, antes de clarear el día».

La magnífica página de San Juan (cap. XX, 1-18) describe con dramatismo esencial el encuentro de María Magdalena con el Re­sucitado: el sobresalto frente al sepulcro vacío, la sospecha de un robo de los des­pojos, el llanto solitario y desolado en el huerto desierto, y el coloquio con los dos misteriosos personajes vestidos de blanco que se encuentran en la cavidad de la gru­ta: «Mujer, ¿por qué lloras?». «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Luego, la inesperada apa­rición del presunto guardián del huerto: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y lo recogeré».

El guardián la llama por su nombre: «Mariám»; y la Magdalena se vuelve súbitamente gritando: «Rabboni». La precipitada rapidez de este diálogo concreta todo el retrato espiritual de María Magdalena, su amor profundo e inexpugnable, la instintiva certeza de que no podía verse defraudado, y los límites naturales extremos de este sentimiento, que se halla entre las cosas más puras, más hu­manas y más divinas del Evangelio.

S. Garofalo