Mardoqueo

[Mōrděkhay]. La historia de Mardoqueo es la misma de Ester (v.), su sobrina; y del libro de Ester (v.) de­bemos tomarla, «en la puerta del palacio», tenebrosa entre’ el oro de Asuero (v.), la perfidia de los ministros y la casi sagrada belleza de aquélla.

La diáspora de Per­sia, la corte de Susa y el Gran Rey: todo ello constituye un mundo lejano sin tem­plo ni promesas, donde el espíritu bíblico se extravía y las figuras tienen una pá­lida soledad. Mardoqueo soporta una do­ble existencia: vida pérsica y alma he­braica; su lealtad de persa salva al rey de una conjuración, pero su fidelidad de hebreo rechaza la adoración a los príncipes. Puesto que Mardoqueo tiene una alma ex­tranjera en la que el rey no puede entrar, Persia, tenébrosa y cerrada como el Santo de los Santos, no puede tampoco introducir sus miradas en la Casa de Dios.

Su sobri­na ha llegado a reina, pero él conserva aque­lla punzante mirada fija en Jerusalén, que hace extranjeros y odiados a los hijos de Israel en todas las épocas: «Hay un pue­blo esparcido por todas las provincias de tu reino y separado de los demás». Este «amor de tierra lejana» le revela hijo de Daniel (v.). Como éste, es salvado por el Señor cuando se halla a punto de confe­sarle con su sangre. Sin embargo, en Mar­doqueo el drama es más amplio : el odio cortesano se extiende, desde su persona, a todo el pueblo hebreo, destinado a la muerte por un edicto real. «Mardoqueo, oídas tales cosas, desgarró sus vestiduras, vistióse de saco, esparció ceniza sobre su cabeza, y clamaba en voz alta en la plaza del centro de la ciudad, manifestando la amargura de su alma, y, gritando de esta suerte, llegaba hasta la puerta del palacio, porque no estaba permitido entrar en la corte vestido de saco».

Allí se encontraba la reina Ester. Su belleza y la honradez de Mardoqueo hicieron ceder al rey. El hom­bre que había reunido en su corazón el odio y el amargor de todo un pueblo con­centraba ahora en sí toda la gloria del mismo: «Mardoqueo, al salir de palacio y de la presencia del rey, resplandecía a causa de sus vestiduras reales, de color jacinto y azul celeste, llevaba sobre su cabeza una corona de oro e iba cubierto con un manto de seda y púrpura… Pareció a los judíos que nacía una nueva luz, el júbilo, el ho­nor y la alegría».

Aquélla fue la primera festividad de los Purim, nacida en tierra extranjera al borde de la muerte, en la corte aria de Persia; también allí estaba Dios, por cuanto allí había una alma cir­cuncisa. Sin embargo, por encima de los Purim, el Cristianismo ve, en la transpa­rencia de las figuras, la misteriosa eco­nomía de la gracia, que fluye de una Vir­gen reina sobre el pueblo de Dios y con­vierte a todo orante en «el segundo des­pués del rey».

P. De Benedetti