Marco

[Roí Marc]. Es una figura que permanece en el fondo de la más célebre historia de amor de la Edad Media caballeresca (v. Tristán e Isolda), una figura de segundo término pero, a pesar de ello, do­tada de una silenciosa humanidad que ha­ce de ella un personaje completo y com­plejo.

Ya en las más antiguas versiones de la historia, la de Thomas (1170), la de Béroul (s. XII) y la de Gottfried de Estrasburgo (1210), el rey Marco, esposo de Isolda la Rubia (v.), empieza verdaderamen­te a existir en el momento en que tiene la certeza de haber sido traicionado por el hombre a quien más favoreció, Tristán (v.). A partir de entonces, y a través de las más humildes y humanas reacciones de la ira, del rencor y de la sed de venganza, Mar­co habrá de llegar a una superación de sí mismo que podría parecer absurda si no fuera sublime: la complejidad de Marco precisamente consiste en ese vacilar entre una benevolencia confiada e inconsciente y una superioridad moral dolorosa y reflexiva.

Porque el rey Marco, si por un lado es una figura simbólica cuya realeza significa sencillamente la antigua soberanía del es­poso, guardián de un orden constituido y de una tradición familiar incontrover­tible, por el otro lado se revela esencial­mente como un hombre justo, dotado de aquella generosidad que sólo puede pro­ceder de una íntima comprensión de los afectos humanos. Marco tiene que castigar a los culpables, y sin embargo los conoce, los quiere, los sabe presa de una fatalidad en que también él se halla envuelto, como la humanidad entera, y se siente solidario de ellos en un drama eterno infinitamente más vasto que sus limitadas figuras.

Mar­co sabe que Tristán ha venerado siempre en él a una figura paterna y que Isolda siempre ha respetado en él la figura pa­triarcal del jefe de familia y de pueblos; y sabe que esos afectos no se han des­vanecido, como no se han desvanecido en él el amor senil por la adúltera y el amor paternal por el traidor. De aquí una do­liente conmiseración de sí mismo, a la vez que una súbita glorificación de los afectos humanos que, en el episodio de la espada, se convierte en purísima locura: cuando descubre a los amantes en el bosque, dor­midos y al alcance de su venganza, basta que un rayo de sol haga brillar la espada que Tristán puso entre él e Isolda, para que a Marco se le revele una luz interior: «Todo es puro — dice — cuando entre dos hay un hierro cortante».

Y se aleja, tras haber protegido con su guante el rostro de Isolda de un rayo de sol que amenazaba despertarla. Indudablemente el rey Marco no cree en la castidad de los amantes, pero tal vez en aquel acero ha visto la misma justicia que defiende, a modo de un sím­bolo de sí mismo, que permanece entre los dos haciéndoles sentir la necesidad de su presencia y reuniendo a los tres en una misma vida y en una misma pena. Pero tal vez quiso desesperadamente creer en aquella imposible pureza para sacrifi­car su venganza a su amor. Y entonces el rey Marco nos aparece como una de las grandiosas figuras de la Edad Media caba­lleresca, imagen de profunda humanidad dolorosa y consciente.

U. Déttore