La primera de las narraciones de Miguel de Unamuno (1864- 1939) recogidas en el volumen San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más (v.) presenta, a través del recuerdo de una muchacha del pueblo, a don Manuel Bueno, párroco del pueblo — imaginario — de Val- verde de Lucerna, junto a la laguna — ésta sí geográficamente real — de Sanabria.
Don Manuel Bueno, con el poder de su virtud y de su encendida predicación, inflama de religiosidad la pequeña aldea. Pero cuando llega al pueblo el hermano de la narradora, y a pesar de su incredulidad religiosa, se deja subyugar por el párroco, éste le confiesa su amarga situación: carece de fe, y lo oculta a fuerza de devoción ante los aldeanos, para no romper la esperanza eterna de éstos. Don Manuel Bueno, a pesar de todo, invita a su nuevo amigo a entrar también en su piadosa ficción, y a dar muestra de conversión y retorno a la Iglesia.
Pero ambos no sospechan la profunda autenticidad de su decisión: sólo, muertos ambos, es la narradora quien lo entrevé: «Creía y creo que Dios nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escudriñaderos designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda». En la figura de «San Manuel Bueno», Unamuno ha puesto su honda angustia y al mismo tiempo ha entrevisto su solución, más allá del cerco de racionalismo y voluntarismo en que se debatió siempre, queriendo entender la fe — quizá por influjos protestantes — como acto y sentimiento, lejos, pues, de la «fe oscura» de un San Juan de la Cruz.
Sólo en algún momento de sus poesías vio Unamuno con alguna mayor claridad que a través de San Manuel Bueno, su equivocación de empeñarse en que la fe hubiera de ser algo que se note con evidencia en el alma, como una persuasión intelectual o un estado de ánimo. La figura de este párroco angustiado ha llevado a su propio autor al borde de la auténtica fe.
J. M.a Valverde

