Protagonista de la nóvela El niño de la bola (v.), de Pedro Antonio de » Alarcón (1833-1891). Uniendo una raza a una época, o sea conjugando en sí mismo la fuerza de las pasiones de sus ascendientes árabes y la violencia propia de los amantes del siglo XIX, Manuel Venegas consagra su vida a un odio y a un amor.
Odio hacia un usurero que ha arruinado a su padre, y amor para la hija de aquél, Soledad. En la lucha entre ambos sentimientos, vence el último. Sin embargo, el usurero se opone al matrimonio, porque Manuel es pobre y todavía le debe dinero. Como es costumbre entre los románticos, Manuel parte en busca de fortuna. Marcha a América y por dos veces da la vuelta al mundo, siempre obsesionado por el recuerdo de Soledad. Ocho años después, vuelve a buscarla, pero la encuentra ya casada, porque no ha sabido o querido resistir las presiones de su padre. Antes de su partida, Manuel había declarado sagrado a su novia y a cuanto la rodeaba, desafiando a quien intentase atravesar aquella barrera ideal; y ahora se siente dominado por los celos, y, al mismo tiempo, por la exigencia de mantener la promesa; y así, no vacilará en matar, siquiera para continuar siendo el mismo a los ojos de la multitud.
Ésta, que con sus comentarios maliciosos rodea a Manuel Venegas, desempeña un papel semejante al del Coro (v.) de la tragedia clásica. Todos y cada uno tienen asignada una parte, y la realizan como mejor pueden. La imagen del «Niño de la bola» (el niño Jesús) en acto de perdonar; el sacerdote don Trinidad, que se interpone entre los enemigos; la antigua amada, que de nuevo le ofrece su afecto; el «malo», que va sembrando cizaña; y, finalmente, la masa rumorosa y anónima, a cuyo clamor de angustia, interpretado por Manuel Venegas como alarido de amenaza, estrecha éste entre sus brazos a la novia de siempre para no tener que abandonar en la muerte a aquella a quien demasiadas veces tuvo que dejar durante la vida. De esta suerte, a los veintiséis años, Manuel Venegas, refinado, fascinador y algo exagerado en su elegancia, cual un abencerraje, sucumbe en aras de una fidelidad absoluta unida a un también total egoísmo.
F. Díaz-Plaja

