Manón Lescaut

[Manon Lescaut]. Pro­tagonista de la novela de este nombre (v.), del abate Prévost (1697-1763). Manifiésta­se como «personne de premier rang» a la fina observación del narrador, quien la distingue entre las diversas «filies de joie» que aguardan ser deportadas a América.

Asimismo la había considerado el joven Des Grieux (v.) en la flor de sus dieciséis años, no mucho tiempo antes, el día del funesto encuentro de Amiens, preludio de su dolorosa y brillante aventura. Es llamada con nombres ora dulces, ora insultantes por aquel que la amó y que, por ella, cono­ció la dicha y la bajeza de la vida. Con todo, el relato del pasado evoca constante y amorosamente sus finas facciones, sus ojos lánguidos y el porte de su persona; a cada momento, y en todos los episodios, la llama inconstante, pérfida y cruel, pero, con todo, nunca pasa en silencio los días buenos, antes, por el contrario, los recuer­da complacido, evocando las horas de paz y los numerosos juramentos y propósitos, expresados «d’un ton enchanteur».

Los años repletos de vicisitudes y sufrimientos, el viaje con ella a Ultramar, las persecuciones y la muerte de la amada le han hecho hombre: en adelante, habla de Manon co­mo de una mujer, y no sabe que no fue más que una niña ni puede saberlo, ya que tampoco él fue apenas más que un mu­chacho. Heraldo de las tormentas que agi­tarán los corazones de tantos personajes de la literatura venidera, su amor, aun en medio de las mudables contingencias de la vida, es total y sincero, y jamás se acaba: cuando parece extinguido, vuelve. También en ella, como en el joven abate que años antes disputara en la Sorbona, se da la fuerza irresistible, el «insurmontablé amour».

Por ello Manon nunca es vulgar; sus ojos amorosos, que conocen a menudo la nobleza de las lágrimas, centellean con­tinuamente, y si compadecemos al caba­llero Des Grieux, fiel en el cautiverio y en la libertad, en la hora de la muerte y más allá de ésta, héroe prerromántico que sa­be sacrificarse de buen grado por una mu­jer, también la pobre Manon, que padeció tan desproporcionadamente en la vida, re­clama sentimientos de reverencia y piedad, y el deseo de ver suavizadas sus terribles penas.

La vemos antes de su muerte con las manos entre las de aquel que es desde ahora, ante Dios, su verdadero esposo, con una mirada que no rehúye encontrar la de él, y con la expresión de melancolía y pu­reza que la desgracia le ha conferido; no es ya una amante «volage et cruelle», co­mo alguna vez denominóla el gentil caba­llero en un arranque de celos, sino una jovencita próxima a la comprensión del bien y del mal, a causa de una dura ex­periencia propia y no precisamente gra­cias a los hombres; y así, después de tanto sufrir, es dulcemente conducida hacia la eternidad en busca de manes misericordio­sos y de días menos acongojados.

G. Falco