Manfurio

Es eí pedante de El candelero (v.), de Giordano Bruno (1548-1600), y, según Arturo Graf, el más perfecto de cuantos han aparecido en el teatro; en efecto, no le falta ninguno de los requisitos necesarios para ello: mente obtusa, escaso juicio y presunción acentuada.

Como es natural, habla en latín, por cuanto des­precia el idioma vulgar, demasiado fácil de expresión y de comprensión, y, si algunas veces emplea el italiano, lo entrevera de frases latinas que hacen su lenguaje in­trincado, torpe y a menudo incomprensible. Dirige la palabra en latín a su discípulo Pollula, con quien, se enfrenta en la quin­ta escena del primer acto, y, como sea que éste le responda mal con el fin de abreviar, le reprende en una mezcla de latín y de lengua vulgar, lamentándose de «aver buttato indarno i suoi dictati li quali á fatto nelle candide pagine col calamo di negro atramento intincto exarare».

Palabras, tono de voz y ademanes, todo es en él estudiado y ampuloso en busca de la que le parece ser la dicción y expresión más adecuada, exac­titud que está siempre pronto a percibir y vigilar en quien le habla. Si alguien le pregunta por su profesión, dice ser «moderator di pueruli, di teneri unguicoli»; y como su interlocutor le halagara con el título^ de «patriarca del coro apolinesco», le enmienda: «Melius diceretur apollineo». Atento a la dicción de quien le habla y a su corrección, por afán de exactitud, o sea de pedantería, siempre se percata de­masiado tarde de cuanto la conversación ajena pueda contener de intención de bur­la y sátira a él dirigida.

A pesar de toda su erudición, no es más que un ingenuo; no es posible saber si nos hace reír más lo que dice o lo que se deja decir por los otros. Nos parece verle cuando, a’petición de Juan Bernardo, sube muy de buen grado a la cátedra para exponer dos etimologías de la palabra «pedante»: una de ellas la deriva de «pede ante», ya que «hace andar adelante a los estudiantes»; según la otra, «pedante» se descompone en «pe-dan-te» («perfectos dans thesauros»). Su postura aparece igualmente ridícula cuando el in­terlocutor le contesta oponiéndole una eti­mología que le parece preferible: «pe = pe- corone (imbécil); dan = da hulla (sin sus­tancia); te = testa d’asino (cabeza de asno)».

Ni aun frente a las necesidades de la vida abandona Manfurio un ápice ‘su intransi­gencia de purista pedante. No deja de ser­lo ni tan sólo cuando, desposeído de diez ducados, quiere dar la voz de alarma para que el ladrón sea apresado; claro está que chilla, pero únicamente empleando los tér­minos cuya etimología autoriza su uso para aquel caso concreto: va gritando: «¡al hur­tador, al subreptor, al fur amputador de marsupios e incisor de crumenas!», y se lo deja escapar. Y a cuantos le preguntan por qué no daba más bien voces de «al ratero» o «al ladrón», les responde que «ra­tero» no es palabra latina ni etrusca, «y por esto no la profieren mis pares»; y, en cuanto a «ladrón», explica, subiendo de bue­na gana a la cátedra, que «ladrón es aquel que latet, y fur, en cambio, el que furtim agit». Mientras tanto, los diez ducados han levantado el vuelo.

Sin embargo, este hurto no es más que el principio de una burla más bien cruel que contra él ha sido urdida, ya que dos amigos, al hacerle vislumbrar la esperanza de poder dar con el ladrón, le inducen a cambiar de indu­mentaria, y, disfrazado de esta suerte, le dejan a la puerta de una casa, a donde ellos mismos, vestidos a su vez de algua­ciles, acuden a detenerle. Con el fin de evitarle la prisión, se le propone la elección entre «una buena gratificación a los agen­tes», o diez palmadas o cincuenta latigazos con los pantalones bajados. Manfurio, que tiene un gran miedo de ir a la cárcel, escoge al principio las diez palmadas, pero a la tercera se arrepiente y dice preferir los azotes.

Sin embargo, hay que ir con­tando los cincuenta, y, de vez en cuando, se pierde la cuenta, ya que el pobre, que tiene un gran interés en ir enumerando uno por uno los latigazos, alterna los números con vivas exclamaciones de dolor; y, se­gún dicen los alguaciles, cada vez que se pierde la cuenta hay que recomenzar la serie, por el mismo amor a la exactitud al que el pedante, en efecto, debe, ante todo, rendir homenaje. Y, así, vuelven a empezar de nuevo.

J. Colombo