[Mal’ākhī (yyāh)]. EJ. profeta que tiene nombre de ángel (mal’ak = = ángel) escribe para los judíos que regresan del destierro la historia angélica del espíritu; en sus breves palabras despliega un futuro indescifrable, con una visión totalmente extraña a las posibilidades políticas y nacionales del mensaje (v. Malaquías).
Por su boca, toda la tradición ritual de Jerusalén se ve rechazada por el Señor: «Ofrecéis sobre mi altar un pan contaminado». Se trata de una queja referente, no a la pureza del rito, sino a sus condiciones espirituales, a las que ningún remedio legal podrá restituir la santidad de intención. «Maldeciré vuestras bendiciones… He ahí que lanzaré sobre vosotros el lomo de las víctimas y os arrojaré al rostro el estiércol de vuestras fiestas, para que os arrastre consigo». El nuevo sacrificio inmaculado está a punto de manifestarse fuera de Israel: «Mi nombre es grande entre los pueblos, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre una oblación pura». ¿Cuál va a ser ésta? El mismo Mesías: «He ahí que envío a mi Ángel, y él preparará el camino delante de mí.
Y en seguida vendrá a su templo el Dominador a quien buscáis y el Ángel del Testamento». Los escombros morales de la nación que sacrifica animales ya inservibles y repudia a las esposas fieles se recomponen, bajo la mirada de Malaquías, en el templo mesiánico, cuyas tres columnas muestra a los sacerdotes que han perdido ya su consagración; son éstas: el precursor, el Mesías y la oblación inmaculada y universal. Templo de espíritu y de verdad, en medio de la ciudad de Dios. ¿Y Jerusalén? Posiblemente, seguirá inmolando cabritos cojos y sólo aguardará a Elías (v.), o sea el final: «He ahí que os enviaré al profeta Elías antes de que venga el día grande y terrible del Señor».
A través de la era mesiánica, los dos profetas se dan las manos: Malaquías, el pregonero de la Salvación, y Elías, el heraldo del Juicio, situados ambos en los dos extremos del mundo.
P. De Benedetti

