Magalona

[Magelone]. Protagonista del cuento Maravillosa historia del amor de la bella Magalona y del conde Pierre de Provenza, de Ludwig Tieck (1773-1853), con­tenida en el’ volumen de narraciones po­pulares publicadas bajo el pseudónimo de Peter Lebrechtry recogida posteriormente en los tomos del Fantaso (v.).

Como ocurre en casi todos los cuentos, el argumento está sacado de una tradición precedente, que en este caso se remonta a Las mil y una noches (v.), a través de leyendas fran­cesas e italianas (v. Historia de Otinelo y Julia). Sin embargo, Tieck se separa de los modelos anteriores no sólo en el final, sino también en toda la entonación, de un exquisito matiz romántico, en lo misterioso de la atmósfera y en lo poético del am­biente, que logra entreverando su relato de descripciones naturalistas y de cancio­nes.

El elemento dominante en el espíritu de los personajes es el amor puro y cons­tante, expresión de un mundo sentimental primario e inmediato. Con ello concuerda la clara simplicidad de todo el relato, cu­yos personajes llegan a carecer casi de relieve. La figura de la bella Magalona ha perdido todo el dramatismo de la tradi­ción medieval; es una mujer arrobada que pasa a través de todas sus peripecias sin dejar de soñar, pero al mismo tiempo sin sufrir el menor rasguño. El móvil de los episodios no debe buscarse en la psicología de los personajes, sino en una extraordinaria coincidencia de casos fortuitos (o predispuestos por un poder sobrenatural); lo maravilloso prevalece, por lo tanto, so­bre lo real.

Por ello, más tarde, el final parece increíble incluso al mismo autor, quien lo juzgó arbitrario (en el Fantaso), toda vez que desaparecía el principal mo­tivo de la tradición medieval, que consistía en toda una glorificación del amor fiel y la humildad cristiana. En la vieja historia francesa, los amantes volvían a encontrarse, sin reconocerse, en el hospital donde Magalona cuidaba de los peregrinos enfermos, y la figura de ésta se hallaba mejor ca­racterizada, ya por la constancia de su amor sin esperanza, ya por su noble mi­sión cristiana.

V. M. Vila