Machin

[Henry o Denry Machín]. Pro­tagonista de la novela La tarjeta [The Card, 1911], del escritor inglés Arnold Bennett (1867-1931).

De todas las figuras del autor, «Denry» Machin es la más seme­jante al mismo Bennett: se trata de un mu­chacho provinciano muy emprendedor que obtiene un ruidoso éxito financiero, y so­cial gracias a una mezcla de impulsiva audacia, clara decisión y confianza en sí mismo. En el léxico provinciano inglés se llama «card» (tarjeta) a quien se ha he­cho famoso por su originalidad, arrojo e ingenio; tal palabra es pronunciada casi siempre con una sombra de envidia en el tono de voz, pero también con aprobación, siquiera ésta pueda ser expresada alguna vez con desgana. Denry Machin merece plena­mente el indicado título. «En las grandes crisis de su vida, algo ajeno a él y su­perior a sus fuerzas saltaba en su interior y le impulsaba a actuar», y esto último de una manera extraña a los convencio­nalismos, que impresionaba a los especta­dores; citemos, como ejemplo, el caso de irrumpir en una fiesta de sociedad y dan­zar el primer baile con la noble señora de la casa.

Este espíritu de aventura se halla en la misma base de su éxito financie­ro; expónese enormemente, y la recompen­sa es adecuadamente proporcionada. Posee el instinto seguro de lo que quiere el pú­blico, y el genio de saber presentar bien su mercancía — y también a sí mismo — de una manera pomposa más característica de 1950 que de 1911. No debe, sin embargo, su pasaporte social a esas cualidades, sino a su confianza en sí mismo y a su des­pierto sentido de la conversación. Con ello puede ver realizadas todas sus ambiciones, desde su admisión en un «club» de pro­vincias hasta el nombramiento de alcalde de su ciudad.

Nos damos cuenta de que Bennett da su aprobación a Machín, el mu­chacho provinciano a quien sonrió la for­tuna, y el lector no puede por menos que dársela asimismo. «La tarjeta» evoca algo fundamentalmente humano que se halla en nuestro interior; a todos nos gustaría ser la figura central de una historia de éxitos, y acabar la vida como personajes públi­cos ricos y admirados, e identificados por la gente como la «gran causa de nuestro alegre bienestar».

M. Dodderidge, B. A.