Macbeth

Personaje de la tragedia así denominada (v.) de William Shakespeare (1564-1616). La grandeza y la universali­dad de esta figura derivan de la circuns­tancia de no ser la de un delincuente vul­gar, impulsado al crimen por la bestialidad; Macbeth sucumbe a la tentación, pero aun­que degradado, conserva destellos de su originaria nobleza de guerrero, y perma­nece en suspenso entre la imposibilidad de embrutecerse aniquilando el remordimiento y la de volver a ser plenamente humano mediante el arrepentimiento.

No es un monstruo ni un demonio, sino un hombre extraviado, que comete un crimen en un estado de delirio e inmediatamente pierde la tranquilidad y cae presa del terror. Este último se convierte en su universo, y, si bien Macbeth se nos manifiesta detestable en sus reacciones impulsadas por este sen­timiento dominante, no dejamos, en cambio, de compadecernos de él, de su hundimien­to en las tinieblas que le abruman, y de su nativa nobleza ahogada por el temor, aun cuando no hasta el punto de impe­dirle morir como guerrero. Se ha hecho observar que este cuadro terrible de un ser humano primeramente tentado, luego poseído poco a poco por la idea del cri­men, y, al fin, totalmente dominado por ésta hasta el punto de olvidar todo lo de­más, no tiene, en la literatura, más pa­ralelo que la descripción de los sucesivos estadios a través de los cuales va pasan­do Raskolnikov (v.), en su concepción delic­tuosa, en la novela de Dostoievski; Shake­speare, sin embargo, posee algo de que carece el novelista ruso: el alado lenguaje de la poesía. Macbeth, efectivamente, es, entre los héroes shakespearianos, aquel cu­yas palabras se hallan más continuamente enardecidas por ingentes y vertiginosas imá­genes.

Con ello, el poeta confirió poesía y humanidad a un personaje a quien la crónica de Holinshed representaba como «cruel por naturaleza», como monstruo, de acuerdo con la idea que a fines del si­glo XIV había reemplazado a  la del Mac­beth histórico. Éste reinó desde 1040 hasta 1057, y, al dar muerte a su predecesor, no hizo más que continuar la triste costumbre que imperaba en la Escocia de los siglos X y XI cuando la corona no pasaba al des­cendiente directo sino a aquel de los her­manos, primos u otros parientes aún más lejanos del difunto que aparecía como el más fuerte dentro de un determinado grupo familiar, sistema que alentaba el asesi­nato, por cuanto dicho pariente trataba de garantizar la sucesión en provecho propio poniendo fin al reinado del predecesor en el momento que consideraba más favorable. Sin embargo, luego que hubo prevalecido, en los siglos XII y XIII, el derecho de primogenitura, quienes actuaban como Macbeth fueron considerados usurpadores y monstruos.

Empeoraba la posición de Mac­beth su pertenencia a la casa Moray, que, no emparentada con la dinastía real y se­ñora de una región que se hallaba toda­vía notablemente independiente de la auto­ridad de los monarcas escoceses, había desempeñado un importante papel en las últimas luchas dinásticas que acabaron con el triunfo de la primogenitura, y, a causa de este fracaso, se había desprestigiado. Ello explica que un soberano como Mac­beth, no falto precisamente de óptimas cualidades y autor de justas reformas, pu­diera ser presentado bajo el aspecto de usurpador y tirano. El golpe de gracia dio- lo posteriormente la ascensión al trono de una nueva dinastía, la de los Estuardo, que, no oriunda de Escocia, hubo de crear­se una genealogía mitológica que la hacía aparecer como descendiente del ficticio Banquo, añadido a la serie de los mártires de sangre real atribuidos a la casa Moray gracias a un legendario asesinato perpetrado por el Macbeth de la leyenda negra, y de la consiguiente fuga al país de Gales de un hijo de Banquo, el mítico Fleance, de quien habrían procedido los Estuardo.

La leyenda fue tomando cuerpo a través de las crónicas de Wyntoun (hacia 1424), Héc­tor Boece (Scotorum Historiae, 1527) y otros, de quienes Holinshed la recibió y transmitió a Shakespeare. Éste parece haberse inspi­rado, para la representación de un carácter que, al principio admirable, se corrompe luego bajo la influencia de una gran ten­tación, en una crónica en verso deriva­da de Boece y que hasta el siglo pasado permaneció manuscrita, el Buik of the Croniclis of Scotland, de William Stewart (acabado de escribir en 1535). La tentación asalta primeramente a Macbeth a causa del cumplimiento de la segunda profecía de las Hermanas Fatales. Súbitamente, acu­den a su mente diversos pensamientos de­lictivos que le llenan de horror; los ca­bellos se le erizan, el corazón golpea su pecho, y Macbeth queda sumido en la con­fusión de un desvanecimiento.

Este cuadro de un alma consternada en el momento en que la tentación se ceba sobre ella nos es presentado con el fin de que podamos persuadirnos de que nos* hallamos ante un espíritu inocente que vacila bajo el ím­petu de un inesperado ataque del Maligno. Más que de las hechiceras, el demonio se vale del instrumento representado por Lady Macbeth (v.), especie de Eva satánica. Tras la visión de la espada suspendida en el aire — escena paralela a la del sonam­bulismo de lady Macbeth — el protagonista aparece perdido para siempre, y actúa como un hipnotizado. Una vez iniciada su caída en el abismo, se precipita de delito en delito, como los tiranos de Séneca; sus temores y sueños buscan la tranquilidad en nuevas efusiones de sangre: después de Duncan, Banquo, luego lady Macduff y sus hijos, y, finalmente, un confuso conjunto de crímenes a causa de los cuales Escocia «oye cada mañana el clamor de nuevas viudas y el llanto de otros huérfanos, y nuevos dolores que conmueven la faz del cielo».

Macbeth ha matado al sueño: he aquí el motivo dominante del poema dramático; pierde cada vez más el domi­nio de sus nervios, con alternativas de irri­tación intensa y de postración. La época de Shakespeare, que creía en los demonios, pudo ver en él a un endemoniado o un obseso. Todo su espíritu tiende a la des­trucción: como el Fausto (v.) de Marlowe, y como, posteriormente, el Satán (v. Dia­blo) de Milton, se convierte en enemigo de Dios y del hombre, en un rebelde que rehúsa confesarse derrotado y lucha has­ta el último combate, perdido ya desde sus inicios, con desesperación creciente, pero, asimismo, con indómita decisión, de lo que deriva el ambiente de sombrío heroísmo que rodea su figura, cual acontece en el men­cionado Satán, en cuya concepción, por otra parte, Milton debió de tener presente al tirano escocés.

M. Praz