Personaje de Crimen y Castigo (v.), de Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881). Es la muchacha fundamentalmente honrada que se prostituye para salvar del hambre a su padre embrutecido por la miseria, a su madrastra y a sus hermanastros, y que, incluso en su desdichada profesión, se conserva tan noble que puede redimir al desgraciado Raskolnikov (v.).
Pertenece por consiguiente a un tipo predilecto del romanticismo y el posromanticismo y cuyos primeros ejemplos fueron la María de Los misterios de París (v.), de Eugène Sue, y la Fantine (v.), de Los miserables (v.), de Victor Hugo. Sin embargo, Sonia representa, psicológica y éticamente, un nuevo hecho: si la primera parte de su historia responde al problema social del cual expone las extremas consecuencias, las conclusiones de su vida de personaje nos la muestran bajo una luz más profunda. Aunque obligada a venderse por la injusticia de la sociedad, Sonia se siente responsable de su degradación y reconoce la necesidad de un sacrificio que la redima. Raskolnikov se le acerca porque cree que, ella como él, han ido más allá de los límites de la sociedad, y que Sonia odia a los hombres que la sacrificaron y, como él, está abrumada por la idea de haber «pecado» inútilmente.
Pero Sonia es distinta: es fuerte, está segura de su fe, y logra arrastrar a Raskolnikov consigo porque a través de sus labios habla aquel espíritu cristiano que, a pesar de las apariencias nietzschianas, está profundamente arraigado en Raskolnikov, para quien el arrepentimiento es una necesidad. De ese espíritu cristiano Sonia representa precisamente la última consecuencia: aquella que en Crimen y Castigo, pero todavía más en El idiota (v.) y en Los hermanos Karamazov (v.) hace portador al pueblo ruso: la asunción del pecado ajeno como propio; a ello llega Sonia, cuando acompaña a Raskolnikov a los trabajos forzados, o sea a la expiación y a la redención. Sonia no es ya la víctima indefensa y patética que sucumbe ante la sociedad, sino la criatura consciente que, independientemente de las corrupciones sociales, puede salvarse y salvar: con ello indica, ética y metafísica- mente, una superación de aquellos males que, sociológicamente, sólo podrían curarse con la revolución y la violencia.
Ese nuevo tipo de mujer nace del feminismo que se desarrollaba en la segunda mitad del siglo XIX dando una nueva personalidad a la mujer, y nace también de aquello que había de más profundo y positivo en el espíritu de renuncia de la sociedad «fin de siglo»: con ella, la mujer no busca únicamente conmover, como su lejana antepasada Clarisa Harlowe (v.), sino que ayuda al hombre a resolver y a concluir. A la par del príncipe Nechliudov (v.) de Resurrección (v.), de Tolstoi, el cual, aunque en un plano opuesto al suyo, llega a sus mismas conclusiones, Sonia da a entender que en la magia de la expiación se halla el medio más inmediato para superar a la vez una sociedad corrompida y aquel fatal sentido de irresponsabilidad y de condescendencia para consigo mismo que había podido inducir al individuo a justificar sus taras atribuyéndolas genéricamente a la decadencia de la colectividad.
E. Lo Gatto

