Los Siete Hermanos Macabeos

El libro II de los Macabeos (v.) habla de siete hermanos desconocidos que, juntamente con su madre, prefirieron mo­rir antes que comer las carnes prohibidas. Tal martirio ocurrió en la época de Judas Macabeo, cuyo glorioso nombre fue tam­bién el de aquéllos.

Y así, hubo los «siete hermanos Macabeos» junto a los otros cinco hijos de Matatías (v.). Un mismo símbolo los envolvió y convirtió en los dos sellos de la historia hebrea: la espada y el mar­tirio. Ninguna historia humana era capaz de unir ambas fuerzas. Frente a los jó­venes entregados a la muerte en las hirvientes calderas, Antíoco permanecía mudo y frío, enrojecido por el fuego: era el sím­bolo de la civilización griega. El mundo engendrado por Atenas y que sólo nos era conocido interiormente se manifiesta aquí por vez primera en su aspecto exterior, puesto en contacto con el mundo generado por Dios; desde el lado de los mártires podemos ver cuál es su nuevo y profundo semblante.

El espíritu griego, que había dicho, a través de Safo: «es bello lo que agrada a cada uno», se encarna en Antíoco para arrebatar con los cuchillos, las parri­llas y los azotes lo que más apreciara Israel, la Ley y el Uno. En nombre de la belleza, de la armonía y de los dioses bellos y armoniosos, niega la hermosura de «lo que agrada a cada uno», niega la más bella de todas las verdades y se aniquila en brutalidad diabólica. Sobre una insig­nificante carne de cerdo luchan dos civi­lizaciones: Antíoco y los hermanos. En tal vileza de circunstancias resplandece la in­mensidad del espíritu, que fija los ojos más allá del simbolismo y ve claramente que éste encierra tras sí todo el infierno y toda la gracia del Paraíso.

El rey per­seguidor y sus víctimas no se engañan; sus palabras tocan el fondo de la contienda metafísica entre Jerusalén y Atenas. «Mien­tras el primogénito era largamente tortu­rado sobre las parrillas, los demás herma­nos y su madre se animaban mutuamente a sufrir la muerte con valentía, diciendo: ‘El Señor Dios reconocerá la verdad y será consolado en nosotros’». A causa de la ver­dad, los siete hermanos caen uno tras otro como árboles, «cortada la lengua, deso­llada la cabeza y arrancadas de las extre­midades las manos y los pies, a la vista de su madre». El séptimo era casi un niño, y aquélla, a instancias del rey, «prometió persuadir a su hijo. Inclinándose, empero, sobre él…, dijóle en su lengua materna: ‘Hijo mío, ten piedad de mí, que te he llevado durante nueve meses en mis en­trañas y te he alimentado por espacio de tres años… Ruégote, hijo mío, que con­temples el cielo, la tierra y cuanto con­tienen y sepas que Dios sacó de la nada todas estas cosas, y también a los hombres. No temas a este verdugo, sino sé digno compañero de tus hermanos y acepta la muerte, para que en el tiempo de la mise­ricordia puedas estar con ellos junto a mí’».

De esta suerte, entraron a través de la san­gre y del fuego, en la eternidad, «poniendo toda su confianza en el Señor»; el afecto de la madre acompañóles uno por uno; y, una vez todos ellos estuvieron en el seno de Dios, también ella traspuso aquel um­bral. Sobre sus cadáveres de siervos fieles delineábase, todavía mayor que el mar­tirio, el símbolo del sacrificio, el Cordero de Dios. Su muerte — no lo ignoraban — era una profecía: «En mí y en mis hermanos pueda tener fin la cólera del Omnipotente». En expiación de todos los pecados, tendían a Dios sus manos cortadas y llenaban el abismo. Sin embargo, una nueva sima abría­se ya tras ellos; al otro lado, permanecía inexorable el monarca griego, y, con él, un sinnúmero de cosas.

P. De Benedetti