Los Rústicos

[I Rusteghi]. Protago­nistas de la comedia de su nombre (v.) de Cario Goldoni (1707-1793). En la rica flo­ración de viejos chochos del teatro goldoniano, Lunar do, Canziano, Maurizio y Simone, los cuatro que tan bien se complementan mutuamente en la comedia Los rús­ticos, constituyen un bello ramillete; pero Lunar do, el gruñón por excelencia, es quien los domina y resume a todos, despojándolos, por así decirlo, de sus rasgos superfluos y definiéndolos en su propia figura, que po­dría decirse una destilación de pacíficos defectos, por lo que, más que un lunático o un avaro como tantos se encuentran en el teatro de Goldoni, Lunardo es la típica figura del barbón de la «generación de los padres» de todas las épocas y de todos los países.

La aguda intención polémica del autor personifica en él esencialmente el espíritu retrógrado y fundamentalmente mediocre del hombre sin ideales ni imagi­nación, que encierra la vida, la inmensa vida del universo, en los angostos confines de cuatro paredes bien defendidas y consi­dera la puerta de su casa como una sacra­mental separación entre él y un mundo del que se siente enemigo. Incapaz de ver en la impaciencia de su joven hija y en la alegría del carnaval veneciano — al que ex­pulsa por la puerta para que vuelva a entrar por la ventana — otra cosa que des­orden y locura, Lunardo no comprenderá jamás que sólo los muertos conservan el orden, por cuanto se hallan inmunes de deseos y de locuras.

Lunardo está juzgado: peor para quien no sepa hacer uso de la vida y se empeñe en economizarla, ya que de uno u otro modo la vida acabará ven­ciendo. Pero si el anciano acaba aceptando su inevitable derrota con una benévola sonrisa enternecida por las lágrimas, ello no sucede por completo contra su voluntad; hay que contar también con la gracia de un vivir lozano y fresco, un poco super­ficial pero muy verdadero; aquella gracia tan cara a. Goldoni, que en el personaje de Lunardo borda un carácter matizado de contradicciones y del más natural claros­curo. Lunardo es un mercader, o sea un hombre a quien importa sobre todo el libro de cuentas; pero sin embargo es ca­paz de sonrisas y de buena voluntad, y no tiene aquella sórdida avaricia que distingue a tantos otros ancianos goldonianos como Todero (v.), ni la inverosímil «rusti­quez» del extraño Simone, el más arisco de los cuatro, ni la necedad de Canziano. Lu- nardo es el «retrato verista» purificado en un «tipo» pero no exagerado hasta la abs­tracción; por ello su esencia humana no pierde jamás la vivacidad.

Sobre todo es característica suya la trivialidad de un pu­ritanismo basado en las más trilladas máxi­mas del sentido común, en una cadena de mohosos principios que son otros tantos dogmas para su moral aplicada a las cosas pequeñas porque, incapaz de abarcar las grandes, éstas se le escapan: los deberes que Lunardo siente e impone son sólo los de poca monta, como es un orgullo desde­ñable el que le hace preferir la «repu­tación» familiar a la alegría de los suyos. La rustiquez y el conservadurismo de los cuatro compadres tienen, pues, un fondo que, sin parecerlo, Goldoni sutilmente de­nuncia: es su egoísmo, que los aleja de la generosa participación humana en la vida de todos y, aislándolos de aquélla, los hace ser «rabiosos, odiosos, descontentos y vícti­mas de todas las burlas».

G. Veronesi