Lía

[Lě’āh]. Personaje bíblico cuya his­toria aparece relatada en el Génesis (v.). Casada por el avaro Labán (v.) con Jacob (v.), que ama, en cambio, a Raquel (v.), Lía es una de las figuras femeninas más dulces del Antiguo Testamento, la pri­mera representación, en cuanto al tiempo, del alma hermosa encerrada en un cuerpo nada agraciado.

El recuerdo que de ella nos deja la Biblia carece, efectivamente, de todo atractivo, cual si el redactor del sagrado texto nada omitiera de cuanto pu­diese ayudarnos a comprender que no po­seía gracia alguna: tenía los ojos legañosos. Era fea… pero, ¿acaso Dios no puede servirse también, para sus fines, de una mujer mal parecida y de ojos estrábicos, quizás a través de la astucia de los hom­bres? Esto es, precisamente, lo que ocurre durante la estancia de Jacob junto a su tío Labán en la aramea Harrán, donde aquél se había refugiado para escapar, posible­mente, a la cólera de Esaú (v.), suplantado en sus derechos de primogenitura a causa del fatal plato de lentejas.

Labán tenía dos hijas: Raquel, la menor, poseía una belleza tan refulgente que el futuro patriarca ena­moróse de ella con sólo verla; Lía, la ma­yor, fea, tímida y resignada, era, en cam­bio, la muchacha destinada a asistir a la dicha ajena. Sin embargo, la avaricia, más bien que el amor, de su padre le hace hallar un inesperado esposo en Jacob, quien la acepta solamente en prenda de Raquel. Paciente y silenciosa, Lía se presta a la transacción, y, más que la esposa, será la madre fecunda que dará a Jacob una nu­merosa prole: Rubén (v.), Simeón (v.), Leví (v.), Judá (v.), Isacar, Zabulón y Dina.

Cuando, gracias a las costumbres de la época, que autorizaban la poligamia, Jacob emprende el regreso con dos mujeres en vez de una, Lía abandona, junto con los dos esposos felices, la Mesopotamia natal, y les sigue a la tierra de Canaán, donde continuará en silencio su vocación materna adoptando a Gad y Aser, los hijos que el futuro patriarca tendrá de la esclava Zilpa. Luego, llegada la noche del Señor, baja se­renamente a la tumba de Hebrón, en la tierra prometida por Jehová a los descen­dientes de Jacob.

H. Daniel-Ropsí.