Levin

Personaje de la novela Ana Karénina (v.), de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910). Constantino Levin es una figura autobiográfica, como Pierre Bezuchov (v.), de Guerra y paz (v.), Nechliudov (v.), de La mañana de un pro­pietario (v.), Olenin (v.), de Los cosacos (v.), etc., la última de la larga serie co­rrespondiente a los veinte años compren­didos en el período 1850-1870. Levin es un reflejo de Tolstoi en el doble sentido de espejo de algunos acontecimientos de su vida (el amor hacia Kitty, v., y los prime­ros años de matrimonio son un reflejo de la vida familiar del escritor, así como la muerte del hermano lo es de la del her­mano de Tolstoi, Demetrio, etc.), de su es­tado de ánimo y de los problemas que por aquel entonces le torturaban.

Estos últimos no eran, por otra parte, muy distintos de los que habían atormentado a Tolstoi en los precedentes decenios, y que, en su con­junto, tendían a la búsqueda de la verdad. En esta indagación reside, precisamente, el drama espiritual de Levin, con alternativas análogas, siquiera sólo exteriormente, a las de Tolstoi. Gentilhombre rural seducido por las ideas liberales, pretende consagrarse por completo al mejoramiento de las con­diciones de los campesinos, pero la ruina de sus fantasías le echa en brazos del pe­simismo, para cuya curación de nada sir­ven las lecturas de los filósofos, y sí el trabajo manual y, sobre todo, las conver­saciones con la gente del campo.

La ana­logía con Tolstoi es aquí indiscutible, y ello tanto en la reproducción que supone la vida de Levin como en las ideas que se le atribuyen: «La razón no me ha enseñado nada — afirma en determinado pasaje—; cuanto soy me lo ha dado y revelado el corazón». Es asimismo notable en Levin la importancia del momento religioso: su in­diferencia sufre una sacudida repentina con la muerte de su hermano. También Tolstoi concedía, en cuanto a la redención moral, una enorme significación al conocimiento de la muerte, y la de su hermano le había afectado profundamente. En contacto con la muerte, y gracias también al conocimien­to de la sencilla filosofía de los campesi­nos (uno de ellos le habla de los hombres que no viven para sí mismos, sino para Dios), Levin recobra la serenidad que, en parte, le diera el matrimonio y que el nacimiento de su hijo le había arrebatado nuevamente, sumiéndole otra vez en los «malditos problemas» de la búsqueda de la verdad.

De esta suerte, Levin aparece como una de las manifestaciones más significa­tivas del espíritu de fin de siglo. Es, en esencia, el hombre de buena voluntad que por un lado se ve acometido por un exceso de espíritu crítico, y, por el otro, es in­capaz de elevarse a una fe religiosa. Su natural tendencia metafísica y su necesi­dad de contemplar la vida bajo la forma de lo absoluto, adoptan, aun sin acabar de convertirse en religión, un vago aspecto naturalista y científico; la autocrítica le vuelve tímido, y la timidez orgulloso y sus­ceptible; su íntimo malestar le impulsa, a veces, hacia una evasión contemplativa, y, otras, le reclama, por reacción, a una vida militante con tentativas de reformas socia­les y económicas. El bien ajeno es su cons­tante desvelo, pero se halla demasiado pre­ocupado por sí mismo para convertirlo en realidad, de donde la impresión de que los hombres se le muestran hostiles.

Tiene den­tro de sí una necesidad casi física de pro­digar afecto, pero siente muy fácilmente rencor hacia quien rechaza tal sentimiento. La expresión sintética de una figura de esta clase sólo puede afianzarse sobre un plano afectivo, con su taciturno mal humor y su tendencia a la vida rural y a las ex­periencias elementales. Sin embargo, este aspecto no será más que una consecuencia casi externa de lo que él sea en realidad, y, así, no le determina. El silencio, el ais­lamiento y la naturaleza no constituyen sus fines, sino, más bien, puntos de partida que, a pesar de todo, debe alcanzar abrién­dose paso entre los complejos problemas que le agitan, para iniciar una nueva vida propia de la que apenas posee el sentido confuso.

En realidad, Levin sabe que no ha empezado aún a vivir, y que toda su existencia se acongoja sólo para llegar a un punto inicial; y esta necesidad de em­pezar es todavía más dramática que la de concluir: en cualquier experiencia que se le presente, busca, ansioso, el hecho nuevo y revelador que le abra el camino, y la conciencia de esta continua indagación ego­céntrica, tan en contraste con sus tenden­cias humanitarias, le deja consternado. De­bido a ello, la vida de Levin es un discon­tinuo viaje hacia lo elemental, una lenta y paciente iniciación a la bondad: su drama consiste en ver que aún debe alcanzar, des­pués de tanta fatiga, las verdades primarias, premisa casi natural de toda solidaridad humana, que creía poseer naturalmente en sí mismo y que, luego, se le habían reve­lado infinitamente lejanas.

Podemos decir que la conclusión final de Levin reside en el hecho de haber hallado dentro de sí al hombre común y podido oponerle cons­cientemente, con su salud y universalidad, al fantasma de un superhombre que lenta­mente iba royéndole el espíritu. Todas sus victorias se manifiestan en este plano: cuan­do, luego de tanto sufrir, se halla seguro del amor de la buena Kitty, le parecerá algo maravilloso sentir su felicidad con la sencilla y casi necia contigüidad de un hom­bre cualquiera; y en el mismo plano, asi­mismo, aparecen sus derrotas: nada le asus­tará tanto como la circunstancia de no en­contrar en su interior un inmediato afecto paterno frente a la rugosa figurilla del hijo recién nacido. Su civilización, su cultura y su profunda capacidad de análisis no han hecho más, en esencia, que situarle a un nivel más bajo que el del hombre vul­gar, incapacitándole para captar cuanto éste comprende a primera vista y situándole en inferioridad de condiciones frente a la misma necesidad de vivir.

Para igualarse a los demás precisa, ante todo, de una gran humildad: ésta es la divisa que Levin, y, con él, Tolstoi, ofrecen a los hombres de su siglo para curar su secreto mal. La hu­mildad, no ya como actitud pietista sino cual forma del pensamiento mismo, permi­te al hombre volver a sus verdades éticas fundamentales y hace de este regreso no un paso atrás sino un comienzo efectivo y una nueva conquista. El naturalismo de Rousseau era una mera idea; el que Levin siente en sí mismo es experiencia actual, libre de toda ideología e intrépidamente elevada hacia el sentido de lo divino.

De esta suerte, Levin aparece, quizá, como el único personaje de fin de siglo que, aun por encima del príncipe Nechliudov, de Resurrección (v.), y de tantas otras figu­ras creadas por la extrema tensión tolstoiana, ha podido encontrar una expresión lu­minosa que comunicar a su época. Sin em­bargo, su voz pareció demasiado insigni­ficante; y su imagen de esposo y padre lleno de serenidad, en la última página de la novela, no pudo ser juzgada suficientemente heroica por una generación que as­piraba al superhombre.

E. Lo Gatto