[Liwyāthān]. El dragón marino Leviatán es un grumo del poder de Dios que Éste ha puesto en un cuerpo animal, aparecido para humillar a los hombres.
Su mole se vislumbra por dos veces en la Biblia: en Job (cap. III, 8) y en Isaías (cap. XXVII, 1), en medio de las sombras de una misteriosa poesía, como entre las olas marinas donde se zambulle. Cae, con el ímpetu de un toro, sobre los sutiles razonamientos y los dolores de Job (v.), para recordar que hay muchas cosas por encima del hombre, que el ser es más importante que el pensamiento, y Dios más que el ser. «Acuérdate de la guerra y no hables ya más». Así termina la disputa del mal cuando aparece la bestia «que se ríe de la lanza arrojada y se revuelca sobre el oro cual si fuera barro».
Dios confía la reivindicación del misterio a la criatura más tenebrosa; «porque, ¿quién puede resistir mi semblante?» Es una expresión amarga que extingue muchos discursos, como ocurre con el tirano del Estado-Leviatán (v. Leviatán) de Hobbes, que, en su nombre, apaga muchas luces de humanidad. Sin embargo, el monstruo no es nada por sí solo, sino que constituye el signo de su contrario, de la más alta sabiduría que se revela en la oscuridad incognoscible y, al mismo tiempo, la disuelve, como Dios, que nos humilla con Leviatán y le da muerte.
P. De Benedetti

