Leverkühn

Personaje de la novela El Doctor Fausto (v.), del* escritor alemán Thomas Mann (1875-1955). Adrián Lever­kühn es un músico genial, enfermo de sífilis, que viene a encarnar el símbolo del destino de alemania (la enfermedad es el hitlerismo).

Leverkühn se llama Doctor Fausto porque ha hecho (o cree haber he­cho) un pacto con el diablo, que le ha otorgado el don del genio por unos cuan­tos años, a cambio de su salvación. Lever­kühn, por otra parte, toma varios de sus rasgos del filósofo alemán Nietzsche, cuya enfermedad evolucionó poco más o menos del mismo modo. Ciertas anécdotas de la obra (Leverkühn adolescente arrastrado a una casa pública y refugiándose tras un pia­no) son datos tomados de la vida de Nietz­sche. Leverkühn, «el hombre amado, el mú­sico genial, tan espantosamente puesto a prueba, ensalzado y fulminado por el des­tino», es un introvertido, un solitario; «un halo de frialdad lo rodeaba».

En contraste con el prudencial racionalismo de su su­puesto biógrafo el profesor Zeitblom, Le­verkühn tiene predilección por todo lo có­mico, lo caricaturesco, lo apocalíptico, lo picante. Leverkühn no tiene sentido de la realidad, vive al margen de ella. Es esen­cialmente un inadaptado. Escribe sus obras sin entusiasmo alguno, del mismo modo que jugaría una partida de ajedrez. Ama las combinaciones abstractas y es propenso a burlarse de todo. En principio, estudió teología «para disciplinarse». A continua­ción se dedicó a las matemáticas, «que siempre le habían divertido».

Su biógrafo, que siente una gran ternura por él, se pre­gunta si ciertamente sintió alguna vez in­terés por algo. Adrian Leverkühn no es instintivamente músico, y si se dedica a la música es por las innumerables posibi­lidades de combinaciones curiosas, inespe­radas, agresivas y barrocas que le ofrece y que preservan de la vulgaridad y el aburrimiento. Leverkühn busca tan sólo lo in­teresante, sea lo que sea. Por ello siente el deseo de gloria. Pero el arte es ahora ya imposible, ya no se puede crear nada nue­vo con simplicidad de corazón. Se – hace necesaria la complicidad del Infierno. Para conquistar la gloria es preciso pactar con el diablo.

Adrian Leverkühn es un perso­naje problemático en esencia. Se ha visto en él la encarnación de alemania, pero hay que tener en cuenta que su música está alejada de lo que habitualmente se entiende por música alemana. Quizá con ello Thomas Mann dio a entender hasta qué punto esta alemania representada por Leverkühn se había desligado de sus me­jores tradiciones. La música de Adrian no ha sido compuesta para ser «entendida», sino para proporcionar al espíritu un pla­cer y la visión de un «orden cósmico». Adopta el sistema dodecafónico de Schoen­berg y utiliza todos los refinamientos de la ciencia de la orquestación: Berlioz, Ri­chard Strauss… y el jazz. La enfermedad de Leverkühn no es el efecto del pacto con el diablo, sino un resbalar por la pen­diente.

Hay algo de orgullo, de desprecio, de ausencia de amor, de exasperación por él sentimiento de la soledad; y desde luego una parte de imprevisión: Leverkühn no escucha los consejos y tiene el deseo, el instinto de la aventura. El azar y la mala suerte han intervenido también en la ad­quisición de la enfermedad. El músico al comprobar su mal quiere ponerle remedio y por dos veces acude a un médico sin resultado positivo alguno; el uno muere repentinamente, el otro es un charlatán que cuando llega Leverkühn quiere con­ducirlo esposado a la policía. Leverkühn se burla del demonio, no lo toma muy en serio, quiere incluso desembarazarse de él. Pero Leverkühn — o Thomas Mann — no adopta una actitud bien definida ante el diablo.

El diálogo con él no se sabe si es una realidad, un sueño o una alucinación. La obra del genial músico conjuga el primitivismo con un exquisito refinamiento, la brutalidad (nacionalsocialismo) con una complicada construcción cerebral. Las gran­des composiciones de Leverkühn, «Apocalypsis cum figuris» y «Lamentaciones», son el contrapunto de la Novena Sinfonía y del himno a la alegría; es la apoteosis del dolor y la desesperación, la glorificación de la energía por ella misma, de la voluntad de poder, «esteticismo de la bar­barie».

Leverkühn — se ha dicho — es el pueblo alemán, y el problema Genio-Enfer­medad llega a ser el problema Arte-Decadencia, el proceso de una cultura, la crónica del fin de un mundo. El propio Thomas Mann escribió que él había sentido sobre su propia carne la tragedia del gran com­positor alemán Adrian Leverkühn, el hom­bre que pactó con el diablo.