Lelia

[Lélia]. Protagonista de la novela de este nombre (v.), de George Sand (1804- 1876), Lelia, «fière et souffrante… molle et paresseuse comme la brise, comme Tonde…» [«altiva y enferma…, blanca y perezosa co­mo la brisa o como la onda…»], refleja, en su temperamento, el temperamento de la autora, y, en los episodios de su vida, amo­res desgraciados, tormentos espirituales y crisis de carácter probablemente patológico, las aventuras de la inquieta y melodramá­tica existencia de George Sand.

Lelia es, escribe ésta, «la personificación, más aún que la defensora, de la espiritualidad de su época». En nuestros días, esta espiritualidad podría denominarse más bien idealismo de actitudes; al contrario de la escritora, nos­otros diremos que Lelia es, más que la personificación de aquella corriente, su abo­gado de tendencias feministas. Su figura no es, precisamente, la de una mujer, sino que constituye más bien una monstruosa abs­tracción literaria en la que se mezclan de manera confusa elementos de un romanti­cismo de baja calidad y complicadas in­trospecciones psicológicas sin profundidad alguna.

Esta especie de diosa, que, no obs­tante, encierra en su interior «quelque chose d’infernal»; este bellísimo y desdeñoso ídolo es, en cierto modo, el prototipo de las mujeres fatales que, a centenares y a miles, han seguido sus pasos. Quien la en­cuentra no puede sustraerse a la misteriosa y emponzoñada fascinación que fluye de su incoherente persona, caprichosa y acti­va; quien de ella se enamora, ve su vida inevitablemente deshecha.

George Sand afir­ma haber escrito la novela entera «sin acordarse de que más allá del mundo de sus ensueños existía un mundo de realida­des», por cuyo motivo, la inverosímil figu­ra de Lelia, totalmente convencional y, en adelante, pasada de moda, habría naufra­gado en el mar de sus amores y de sus du­das, y sobre ella hubiérase hundido, como un escenario de cartón piedra, el fondo de disfraces y fugas, de escalos a las paredes del convento, de principescos bailes de más­caras, de suicidios y de metafísicas deses­peraciones sobre el que se mueve, de no haber aleteado en torno a todo ello el soplo de la vida en el ambiente sereno y grave de cada lugar, de la «verdadera» naturaleza en medio de la cual palidecen sus contor­siones cerebrales, revelando el vicio litera­rio típicamente romántico que las originó.

G. Veronesi