Lear

Protagonista de El rey Lear (v.), tragedia de William Shakespeare (1564- 1616). Es un drama que, quizás más toda­vía que los restantes del gran autor inglés, se refiere a la significación de la vida hu­mana.

En un mundo descrito con sombríos colores y abandonado a la ambición, al egoísmo y a la infidelidad, Lear aparece, desde el principio, como uno de tantos hombres, también egoísta, autoritario y do­minador; se cree el centro del universo, y proyecta la división del reino cual una ex­periencia para demostrar que, aun carente del poder y de los atributos reales, sigue siendo el mismo de siempre. Sin embargo, apenas se desliza de sus espaldas el manto de rey, caen también las vendas de sus ojos, y, por primera vez en su vida, se da cuenta de la realidad.

Su concepción sub­jetiva de la existencia se agita en torno a él, y la catástrofe interior halla una co­rrespondencia en la tempestad. Como para Cada Cual (v.), también respecto de Lear el infortunio es el camino hacia un ca­rácter humano más profundo; traicionado por cuanto consideraba más cercanos a su corazón y reducido a la indigencia, Lear se percata, finalmente, de cuán miserable cria­tura es el hombre; y, a medida que el dolor va llevando la luz a su espíritu y la confusión a su mente, adquiere la majestad de que carecía cuando se hallaba rodeado de todas las prerrogativas reales.

Entre el desencadenado furor de los elementos, el desconsolado anciano no pierde estatura, sino que, por el contrario, se agiganta como un atormentado titán; su rostro vuelto ha­cia la inclemencia del Cielo tiene la paté­tica gravedad del de Niobe, doblegada pero no dominada por la desgracia circundante. Personaje de la fábula introducido con gran fuerza en la tragedia, Lear lleva consigo un secreto poder que le permite elevarse de una absurda posición inicial, todavía en­vuelta en su clima novelesco, a una verdad arrolladora.

Sus vicisitudes son las propias de una dolorosa peregrinación desde una actitud orgullosamente intransigente hasta una profunda y acongojada comprensión de los valores y afectos humanos, y ninguna imagen como la de este anciano que se convierte en hombre atravesando, en los últimos días de su vida, todas las etapas y experiencias de una trágica adolescencia, nos acerca al drama que supone el ocaso del Renacimiento y que sintió Miguel Ángel en su interior cuando, también viejo y des­ilusionado, esculpía su propio semblante en el dolorido rostro de José de Arimatea, en el grupo del Descendimiento.

La esencia de Lear, y las actitudes y la mentalidad con que, cual grandioso títere, aparece en el primer acto del drama, encierran todo el temerario platonismo renacentista y el afán de aportar valores absolutos al mundo de los hombres; el abandono del reino a fin de no ser, entre el amor perfecto de las hijas y los súbditos, más que forma pura de soberanía, y la renuncia a toda expre­sión material de poder para vivir en un mundo integrado por meras ideas y afec­tos, aun cuando consistente y real como todo cuanto existe bajo el sol, son mani­festaciones de una mentalidad que cree profundamente en la magia del espíritu, y de un idealismo que no establece ya di­ferencias entre el querer y el poder.

Esto mismo aparece encarnado, junto al rey, y en su forma perversa y demoníaca, en el bas­tardo Edmundo (v.). Sin embargo, Lear, a través del mismo proceso en virtud del cual esta ilusión inicial queda trastornada y deshecha, debe iniciarse en una realidad ideal y afectiva infinitamente superior a aquella de la cual había partido. El amor hacia él que notará en Cordelia, y el que, de una manera desesperada, sentirá él, a su vez, por su hija cautiva y muerta, le supondrán una revelación inesperada, una refulgente luz no sospechada por sus pre­misas platónicas, y un don que, una vez más, le llega de lo alto, de una Providen-cia de dolor y de purificación, para redimir la incapacidad y las ilusiones de la pobre voluntad humana.

En tal momento, ha na­cido ya el hombre, y poco importa que, en el mismo instante, deba cerrar sus ojos a la luz; toda la derrota de un siglo queda justificada por aquella redención y encuen­tra en ella su paz, cual en el inacabado «Descendimiento» se aplaca el tormento de Miguel Ángel.

M. Praz