Laurin

Se trata de un rey enano, pro­tagonista de un pequeño poema alemán titulado con su nombre (v.), perteneciente a la primera mitad del siglo XIII y de autor desconocido (tesinés o tirolés proba­blemente), que forma parte del ciclo de Teodorico (v.). Laurin posee un lujoso pa­lacio en una oquedad del monte, y una paradisíaca rosaleda en las montañas tesinotirolesas («in tirolischen Landen»).

Al llegar los héroes veroneses a dicha rosa­leda, aparece Laurin a caballo, espléndida­mente armado con una coraza bañada en la sangre del dragón (influencia de la le­yenda de Sigfrido, v.), rodeado por un cin­turón que le comunica la fuerza de doce hombres, y empuñando una lanza adornada con un brillante estandarte. Perfecto caba­llero y monarca opulento, le llena de furor la destrucción de sus rosas, a la que se entrega, de modo singular, Vitiges, quien trata de castigar con ello la insolencia y la lujuria del rey enano.

El aspecto de Laurin recuerda el del arcángel Miguel. Rechazado todo acuerdo con Teodorico de Verona y Vitiges, da comienzo el duelo entre Laurin -y este último, que, en el primer encuentro, lleva la peor parte. Cuando el enano trata de tomar una severa venganza, que con­siste en cortarle el pie derecho y la mano izquierda, interviene Teodorico en defensa de su compañero de armas, lo cual origina el segundo desafío. Herido por el veronés en la cabeza, Laurin se hace invisible gra­cias a su capa mágica; para vencerle, Teo­dorico debe arrebatarle ésta y el cinturón.

La intervención de Dietleib, quien trata de evitar que aquél sea destrozado contra las rocas, provoca otro duelo entre éstos y Teo­dorico, pelea que termina con la intromi­sión de Hildebrando (v.). Sigue luego la pacificación general: Laurin, que confiesa haber raptado a la hermana de Dietleib, invita a los héroes a su palacio del monte hueco, donde tiene lugar el encuentro en­tre éste y su hermana Cunilde. Grande es, empero, la astucia del rey Laurin, quien manda verter un somnífero en las bebidas ofrecidas a los héroes, a los que, una vez dormidos, hace atar y encarcelar.

Hasta pa­sados cuatro días no consigue Cunilde li­bertar a su hermano, quien, a su vez, lleva las armas a sus compañeros. Se origina entonces un sangriento combate entre los héroes veroneses (que sólo mediante los anillos que les entrega Cunilde van reco­brando poco a poco la vista) y los enanos, en cuyo favor intervienen cinco gigantes. Teodorico vuelve a luchar como un valien­te, y lanza de su boca un aliento abrasador. Ante el gran desastre sufrido por los ena­nos, Laurin pide, finalmente, la paz, ofre­ciéndose a sí mismo con todas sus posesio­nes a Teodorica para salvar a su pueblo.

Y así, éste y sus compañeros emprenden el regreso, llevando consigo a Laurin, quien, posteriormente, gracias a las enseñanzas del monje Ilsung, se convierte al Cristianismo. Del poema de los Nibélungos (v.) proceden diversos detalles, como, por ejemplo, la «capa mágica» que confiere la invisibilidad, y el cinturón que da a quien lo lleva la fuerza de doce hombres. A su vez, Laurin ha servido de modelo a otros reyes enanos, como Walberan, Sintram, padre de Ortnit, Goldemar, Euglin, Gübich y Heiling.

Desde el punto de vista mitológico, Laurin apa­rece interpretado como un Odin (v.) de categoría inferior. Al igual que éste, el monarca enano tiene su reino en una con­cavidad del monte, en la que, sin embargo, no permanece inactivo, como Carlomagno (v.), el emperador Federico Barbarroja, Guillermo Tell (v.) o el rey Dan, sino que posee allí, según la tradición caballeresca del siglo III, una espléndida «rosaleda», en la que se celebran torneos y banquetes, defendida solamente por un hilo de seda.

L. Lun