Laura

Es la mujer amada por Pe­trarca cantada en el Cancionero (v.) y en Los triunfos (v.). Para ella el poeta re­nueva los elogios de los autores del «stil novo» convirtiéndola en el prototipo de toda virtud y toda perfección, que difunde a su alrededor pureza y beatitud; pero aquellos motivos permanecen al margen de su obra o se transfiguran en una nueva con­cepción terrena y humana de la mujer y del amor, según la cual la belleza es celebrada no como símbolo de la verdad o de la virtud, ni como medio de ascensión espiritual, sino por sí misma, en su inefa­ble pero auténtico valor.

Y Laura es ante todo bella, bella no con la belleza de Bea­triz (v.) y de las demás mujeres del «stil novo», luminosas e indefinidas como el ángel del Purgatorio que «con su luz se hace sombra a sí mismo», sino con una belleza que, aun espiritualizada, sigue sien­do terrena y objeto no sólo de adoración estática, sino de estremecido deseo: una be­lleza que el poeta anhela sin cesar, evo­cando el recuerdo de «Los ojos serenos y las centelleantes miradas, / la bella boca angélica, de perlas / llena, y de rosas y de dulces palabras» escuchando nuevamente en su interior «la sonrisa de los cantos y el dulce hablar humano», y retratándola como la vio en momentos fugaces e inolvidables y, una vez ella muerta, repitiéndose toda­vía a sí mismo todos sus encantos: «Los ojos de que hablé con tanto ardor / y los brazos, las manos, los pies y el rostro / que me habían abstraído de mí mismo / diferenciándome de los demás hombres, / y la rizada cabellera de deslumbrador oro puro / y el centelleo de su angélica son­risa / que convertían la tierra en paraíso…».

Para él como para nosotros, la belleza de Laura es inseparable de la naturaleza en medio de la cual ésta se mueve, esa natu­raleza que participa de su humanidad, del mismo modo que ella parece participar del perenne frescor de la vida natural; así, su imagen se asocia a la de verdes soledades, prados luminosos y rumorosas aguas (« ¡Qué maravilla cuando entre la hierba / como una flor se sienta! / O ver cómo oprime / con su cándido seno el verde césped») y nos parece verla mientras por el florido prado se va «sola con sus pensamientos / tejiendo un cerco de oro terso y ondulado» o cuando en la «fresca, umbrosa y florida colina verde» está sentada «ora pensando, ora cantando», y aunque lejos, sentimos, al igual que su poeta, su presencia en el su­surro del follaje o en el murmullo de las aguas de un umbroso retiro («Paréceme oírla, al oír el ramaje y las auras / y las frondas y las aves quejarse, y las aguas / – murmurando al huir por entre el verde césped»).

Incluso después de su muerte, más que en el Cielo adonde raras veces se eleva, el poeta la encuentra en medio de la verde naturaleza, donde su presencia late todavía en todas las cosas, y allí vuelve a verla y a oírla viva («Si se lamentan los pájaros, o las verdes ramas / se mueven suavemente a la brisa estival…»; «Ora en forma de ninfa o de otra diosa / que surja del más claro fondo de la fuente, / y se siente en la ribera; / ora la he visto sobre la hierba fresca pisar las flores como una mujer viviente…»).

Todas estas imá­genes giran, como alrededor de un centro ideal, en torno a la gran visión de la canción que empieza Claras, frescas y dul­ces aguas (v.); aquella visión, de la que el poeta no sabe alejarse y a la que vuelve constantemente, de Laura tal como él la vio un «bendito día», junto al correr de las aguas, reclinada en el tronco de un árbol y envuelta en una lluvia de flores: «Del bello ramaje caía / (¡oh, cuán dulce recuerdo!) / una lluvia de flores sobre su regazo…». Pen­samos en una diosa pagana, y el propio poeta nos sugiere esta misma imagen cuan­do en otro pasaje de su obra pregunta: «¿Qué ninfa en fuentes, o en selvas, qué diosa / desató a Laura una cabellera de tan fino oro?»; pero en realidad, para significar su nueva concepción de la be­lleza acude a imágenes clásicas y a imáge­nes cristianas, y unas y otras se funden en la figuración de su bellísima amada, en una forma desconocida tanto para el mundo an­tiguo como para el medieval.

La Laura hacia quien se inclina Petrarca, exaltando como si fuera su diosa a la Naturaleza pri­maveral, es sin embargo la misma criatura a cuyo alrededor, cuando llega al cielo, como ocurriera un día alrededor de Cristo resucitado, se agolpan admirados «los án­geles elegidos y las almas bienaventuradas», aquella que en su celeste triunfo «se parangona con los más perfectos»; y para cantar la beatitud que sus ojos infunden en quien los contempla, el poeta no teme compararla a la beatitud que la visión de Dios infunde a las almas del paraíso: «Paz tranquila sin congoja alguna / semejante a la eterna del cielo / sale de su enamorada sonrisa».

Y sólo metafóricamente hablando puede llamarse helénica la representación del tránsito de Laura en el Triunfo de la muerte, en la que, por encima del espanto y el horror, prevalece el sentido de la belleza divina, victoriosa aun de la misma muerte y ordenada en la inalterable pureza de un bajo relieve sepulcral («Hermosa muerte aparecía en su bello rostro»): una de las cumbres de la poesía de Petrarca y una de las manifestaciones más completas del idealismo encarnado en la figura de Laura. Ésta es, para el poeta, milagro nue­vo en el centro del universo, que comunica espíritu y sentido a la vida terrena, y que, al desaparecer, deja sumido este mundo en una desolada soledad («Al morir tú par­tieron del mundo el Amor / y la cortesía»): objeto de maravilla para todos los hombres, Laura es el objeto más digno de la poesía, para el que el poeta siente desiguales sus fuerzas, aun cuando continuamente trate de reponerlas, dichoso, en medio de sus amarguras y aflicciones, de haber sido ele­gido para cantarla y alcanzado, gracias a ella, el don poético y la gloria subsiguiente.

De esta suerte, Laura, inspiradora y tema de sus versos, vese confundida, más de una vez, con la misma poesía y la fama poética, y el entusiasmo del amante aparece fundido con el que el poeta siente hacia su propia vocación y el premio que persigue a través de dolores y penalidades. Laura es también el nombre de la corona poética, del ramaje de aquel árbol que en otro tiempo fuera una ninfa (v. Dafne) amada en vano por Apolo, y que ahora verdea sagrado, eterna­mente, junto al rubio dios de la luz y la poesía: al idolatrar a su amada, el poeta se complace en entrelazar la historia de ésta con la antigua, en ver en Laura a Dafne renacida, y en el Sol que resplan­dece sobre su enamorada al dios que un día la amara y todavía la corteja («Divino sol, a la arbórea joven que es mi única amada / tú amaste primero…»).

De ello nacen, como en el juego de palabras «Lau­ra— L’aura» [«Laura — El aura»], bellas fantasías, y, con éstas, el distintivo de la poesía de Petrarca: «Una joven bajo el verde laurel», y (unidas en una sola am­bas figuras, la mujer y el árbol, el objeto de la poesía, esta misma y su premio) «Ár­bol victorioso, triunfal / honor de empera­dores y poetas». Sin embargo, Laura no consiste enteramente en la estética perfec­ción de su figura, así como la poesía de Petrarca es algo más que la mera exalta­ción lírica de la bellísima: la amada vive en la vida del amante, en sus breves ale­grías y en sus más largos tormentos, y la figura inmóvil de aquélla se ve animada por la dialéctica interna de la pasión del poe­ta, que ha convertido a una criatura en su ídolo y ya no puede, en medio de los al­ternativos impulsos de entusiasmo y remor­dimiento, de entrega y duda, recobrar la paz.

Y así, Laura, fuente de dicha, puede transformarse en Medusa, el mismo sem­blante del pecado que petrifica («Medusa y mi error me han convertido en un pe­ñasco / que destila un humor vano»), y de nuevo, abandonado el aspecto de arrogante honestidad, parecer al poeta complacida y vanidosa de su propia belleza, y contenta, en su fría coquetería, del amor que ha sus­citado y al que no sabe corresponder («Y estoy seguro de que dijiste entonces: “¡Mísero^ amante! ¿Cuál será su deseo?” / He aquí el dardo con que Amor desea darme muerte»), ¿Cuáles son los verdaderos sen­timientos de Laura? El poeta no cesa de preguntárselo, volviendo siempre al pensa­miento de aquella «que siempre se halla tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos de él», y nosotros, juntamente con Petrarca, creemos a veces vislumbrarlos en un acto más benevolente, en un saludo, o en uno de aquellos silencios que únicamente a los amantes es dado comprender («Inclinaba hacia el suelo su bello mirar, / y, en su silencio, parecíame decir: / ¿Quién me ale­ja de mi fiel amigo?»); o, también con él, fantaseamos sobre lo que pueden ser y que quizá, muy probablemente, no son: «Acaso (o ¿qué espero?) mi demora la entristece».

Este dualismo, empero, esta separación de ambos espíritus, tiende a disolverse en las rimas posteriores a su muerte: desaparecida de la tierra, Laura permanece viva para su poeta, y diríase únicamente para él solo, y aun el pasado, que tan penoso le fuera, se ilumina ahora para aquél con una nueva luz. Laura desciende del cielo no sólo para decirle palabras de ascética sabiduría, sino también para consolarle con femenina so­licitud, como madre y como esposa («Ja­más una madre piadosa para con su que­rido hijo / ni mujer apasionada por su amante consorte…»); y aquellas mismas pa­labras, más que por cuanto significan, va­len por el afecto que las informa y por los actos que las acompañan: «Con aquella mano que tanto deseé / seca mis ojos…».

A ella, «su dulce y fiel consuelo», puede con­tar el poeta sus penas, las de hoy y las de ayer, y todo cuanto había querido y no sabido decirle cuando vivía. Tampoco aquí, y menos aún que en las rimas anteriores a su muerte, puede Laura hacernos recor­dar a Beatriz: por cuanto, aunque bien­aventurada, sus ojos miran hacia la tierra, e incluso en el soneto en que el poeta narra haber sido elevado al tercer cielo, junto a Laura, dirige ésta sus miradas a nuestro mundo y al amado que por ella ha sufrido y que le ha hecho todavía más apreciable su propia belleza: «A ti solo contemplo, y a lo que tanto amaste; / allí abajo queda mi hermoso velo».

No hay ya, en adelante, reparos ni obstáculos entre ambos: sus vi­das, tanto la del poeta como la de Laura, aparecen ahora enteramente dominadas por aquel afecto único e inmortal. Petrarca, al retroceder hacia el pasado, puede hallar en él la intimidad del presente y com­prender lo que aquel día último y fatal tras el que no había ya de volver a verla, los ojos de su amada le dijeran, fijos en los suyos: «Quedad en paz, caros amigos; / aquí ya no, pero en otra parte sí nos vere­mos de nuevo»; ahora, en la visión que describe en los Triunfos («La noche que siguió al terrible acontecimiento»), puede dirigirle, finalmente, aquella pregunta que tantas veces formulara en su interior: «¿Acaso el Amor no inspiró jamás a vues­tra mente / que tuviera piedad de mi largo martirio?»; y la mujer puede responderle: «Nunca separado / de ti estuvo mi corazón, ni jamás va a estarlo», y, sin abandonar un delicado pudor, confesarle cómo la com­placieron su amor y la poesía que la ha cantado, manifestarse consciente de la tor­tura de su pasión y abrirle el secreto por tanto tiempo escondido de sus propios sen­timientos: «Hubo en nosotros llamas amo­rosas casi iguales…

Tuyo era el corazón: míos los recatados ojos». Así se resuelve el drama y se completa la figura de Laura, convertida para todas las épocas, por gracia de la poesía de Petrarca, en una especie de símbolo de toda criatura amada, así como de la íntima contradicción y de la dicha inefable de la pasión amorosa.

M. Fubini