[La mar quise de Merteuil]. Protagonista de la célebre novela Las amistades peligrosas (v.), del francés Choderlos de Lacios (1741- 1803). La diabólica marquesa viene a enredar los rizos y a desmentir las delicadas maneras y las gracias con que su astuto siglo había adornado su verdad esencial. «La marquesa de Merteuil presupone a Ra- cine», escribe Giraudoux.
Sin embargo, presupone asimismo a Casanova (v.); y, aunque su constante «self-control» psicológico y el análisis tan lúcido como frío de sus más íntimos impulsos rijan su conducta según las normas que a sí misma se ha impuesto («Quand m’avez-vous vue m’écarter des regles que je me suis prescriptes?»), dándonos con ello la impresión de pertenecer a su época, la Marquesa, en realidad, mancilla su siglo, al desmentir su sentido de la medida y su gusto, siquiera artificial, por aquella gracia considerada como hábito social, con que las mujercitas de Marivaux resuelven todas las dificultades formales de su juego.
De manera desenfrenada, se abandona a los excesos de una obsesión erótica que ningún Romanticismo podría confundir con el amor, sin fingir ser lo que no es, ni suspirar tras el abanico cual sus pequeñas amigas por ella viciadas, corrompidas y desengañadas de sus infantiles rubores; y, cínicamente, se complace en su lúcida perversión. Y así, nada se muestra más conforme con el ambiente de que su lujuria carga los hechos hasta confundir las facciones naturales de la vida — en la que nada parece existir que no sea contaminado por aquel demonio (ya que, efectivamente, sólo ella existe plenamente en la narración) —, ni nada más lógico y acorde con la regla que el castigo final: una condena que, en el fondo, es un desenlace moralizador de tipo católico, y un mentís al tratado de intriga y de disolución que sus cartas han ido sabiamente componiendo.
La Marquesa debe pagar: su cínico ejercicio racionalista carecerá siempre de la pasión humana y de la profunda conciencia que elevan hacia altas esferas aun a los menos románticos de los personajes de Stendhal, quienes por ello quedan absueltos. Si, además de una nítida presencia literaria, algo puede quedarle para su. rescate como figura de mujer vivísima a pesar de todo y por lo mismo verosímil, es, solamente, la no común sinceridad con que este demonio de mujer lanza a las heroínas románticas un reto que sería demasiado arduo recoger; pero, en último extremo, como católica y jansenista que es su imagen, su personificación del mal se ve fatalmente, al final, fulminada por los rayos de Dios. También ello da la razón a Giraudoux: la Marquesa de Merteuil presupone a Racine y a Port-Royal.
G. Veronesi

