Kung-Ming

Personaje de la novela china San Kuo Chih Yen I (v.) de Lo Pên (siglo XIV) y no menos famoso personaje histórico. Vivió entre los años 181 y 234, a fines de la dinastía Han y al principio del período llamado de los «Tres Estados» (San Kuo, 220-265), fue general y estadista hábil y agudo y escribió un tratado de estrategia titulado Hsin Shu.

En los últimos tiempos de la dinastía Han (202 a. de C.- 220 d. de C.), Kung-Ming vivía tranquilo y retirado cuando Liu Pei intentó obtener su ayuda para restaurar aquella dinastía. Kung-Ming, cuyo nombre propio es Chu Ko-liang, derrotó a Tsao Ts’ao y nombró a Liu Pei emperador de Chu, en el Sze- chuan, uno de los «Tres Estados». De su figura no tardó en apoderarse la leyenda, que le convirtió en una especie de Ulises (v.) chino, típico héroe experto «en los vicios humanos y en el valor».

Pero es difícil decir lo que hay de realmente his­tórico en las hazañas que se le atribuye­ron. El autor del San Kuo Chih Yen I pro­cura evidentemente hacer resaltar hasta el máximo su sagacidad, convirtiéndole en el modelo ideal y perfecto del consejero de un gran conquistador. Por ello nos lo mues­tra como hombre prudente, dotado de vasta cultura, maravillosa intuición, imperturba­ble calma e irresistible elocuencia; pero lo que impresiona principalmente al lector es su infalible previsión de los planes del adversario y su habilidad en salir con bien de las más desesperadas situaciones.

Dos episodios demuestran el prestigio de que su nombre gozaba incluso entre sus enemigos. Una vez, hallándose acompañado sólo por una reducida guarnición, fue asediado en una ciudad por fuerzas enemigas muy su­periores en número. La situación no podía ser más crítica, pero Kung-Ming la resol- vio de la manera más sencilla. En lugar de oponer resistencia, mandó abrir las puertas de la ciudad y dispuso que los ha­bitantes acudieran tranquilamente a sus ocupaciones ordinarias, mientras él se sen­taba en la azotea de una torre junto a la puerta de la muralla, tocando la mando­lina.

El general adversario, no pudiendo concebir que Kung-Ming renunciase a la defensa, se retiró temiendo una emboscada, y la ciudad pudo salvarse. Otra vez, a la muerte de nuestro héroe, los enemigos re­pitieron su ataque a aquella ciudad. El sucesor de Kung-Ming tuvo entonces una idea genial. Mandó poner el cadáver de aquél sentado en un carro que envió contra los atacantes, y éstos, creyendo tfivo al guerrero, se dispersaron. Kung-Ming es uno de los nombres más venerados y gloriosos de la China, donde es símbolo de rectitud y lealtad.

S. Lokwang