Kundry

Es el personaje más rico y complicado, pero también la síntesis mejor lograda de todo el Parsifal (v. Perceval), de Richard Wagner (1813-1883).

En ella son evidentes los rasgos tomados de la Blanca- flor del poema de Chrétien de Troyes y de la Kondviramur de Wolfram von Eschenbach, como son también manifiestas sus afinidades con la «demoiselle hideuse» del primero y con Sigune, Orgeluse y sobre todo «Kundrie la surziere» («sorcière») del segundo, mensajera del Graal. También puede verse en ella, como con razón se ha hecho observar, la atmósfera más o menos tenebrosa, ambigua o satánica de algunos personajes de Klopstock, de Heine y Flau­bert.

Como si todo ello no bastase, el propio Wagner la califica de «Satanesa primordial» y la emparenta con la semítica Herodías (v.), la odínica Gundryggia y sobre todo con el Judío Errante, Asuero (v. Judío Errante). Finalmente, como penitente y re­dimida, es un reflejo exacto de la Magda­lena (v.) cristiana. Kundry reúne, pues, en sí todas las personificaciones del elemento femenino y representa a la mujer en su doble aspecto de seductora y de penitente, de ardor y debilidad, de pasión y de pasi­vidad, de instrumento del mal, incapaz de rebelión, cuya conciencia necesita un auxilio exterior para liberarse del hechizo.

Dividida, en su existencia, entre el Graal, del cual es mensajera tan arisca como fiel, y el castillo encantado de Klingsor (v.), donde las poderosas artes del mago, cada vez que logra atraer a un caballero del Graal, la obligan a ejercer la función de Circe (v.), Alcina (v.) o Armida (v.), Kun­dry expía, -en su doble vida, su antigua culpa de haberse burlado del Salvador. Por una parte, sirve a Cristo en la obra de sus caballeros mortales; por otra, seduce uno a uno, sin excluir ni siquiera a su rey Anfortas (v.), a aquellos mismos caballeros cuyo auxilio le es indispensable para sal­varse.

Figura de trágico relieve, a cuyo singular y refinado esoterismo contribuye no poco el hecho de obrar el mal en el sueño y entre risas y el bien entre sollozos y du­rante la vigilia. Su tentativa suprema de seducción se ejerce sobre Parsifal (v. Perceval), trasunto de Cristo redivivo, en cuyo abrazo Kundry se hace la ilusión de poder hallar remedio a su furor de posesa. La irreductible castidad del héroe, que en el beso de la mujer siente el ardor y el es­tigma de la herida de Anfortas, redime a aquél, a Kundry y a todo el Graal.

G. Manacorda