Juan el Seductor

[Johannes Forføreren]. Protagonista del Diario de un seductor (v.), contenido en Aut-Aut (v.) de Søren Kierkegaard (1813-1855), Juan aparece tam­bién en la obra del mismo autor In vino veritas (v. Estadios en el camino de la vida).

Su figura es la de un don Juan (v.) romántico, esteta e intelectualista según po­día concebirlo el espíritu atormentado de Kierkegaard, apenas salido de una crisis sentimental que le había permitido vislum­brar las infinitas posibilidades del amor, aunque sin dejarle perder jamás de vista la tragedia de su propia soledad intelec­tual. Kierkegaard, que escribió esta obra para «suscitar la ira de todos los hombres contra sí» y para abrir entre él y su pro­metida un abismo insondable, quiso dar en ella una cínica reconstrucción de su amor, representándolo como algo previsto y descontado de antemano por el protagonista encerrado en su superioridad intelectual y en su egoísmo estético.

Sus numerosas fuen­tes literarias (desde el Don Juan, v., de Mo­lière, hasta la Lucinda, v., de Schlegel), sus probables alusiones a personajes con­temporáneos (se ha querido ver en Juan al crítico P. L. Møller) y sus innegables rasgos autobiográficos no bastan para ex­plicar totalmente la enigmática figura del seductor, que en el fondo no es más que una de las infinitas posibilidades del espí­ritu de Kierkegaard, objetivada en un per­sonaje a quien la fuerza destructora de la ironía romántica no es totalmente ajena.

En el fondo, Juan no ama a las mujeres: el placer que éstas pueden brindarle es de carácter más estético que sensual; después de haberlas creado según las anhela su capricho del momento, las abandona sin reparos, desdeñando la pasión que él mis­mo quiso despertar en ellas, a veces a costa de una paciencia infinita. Su vida no es más que un sutil juego cerebral para crear en las mujeres que encuentra unas reaccio­nes y unos estados de ánimo de los que él pueda gozar: la sonrisa arrancada a una muchacha o la curiosidad suscitada en otra le procuran el mismo placer estético que otras aventuras llevadas a sus extremas consecuencias.

Juan puede decir a la mujer a quien ha elegido para el goce de un momento: «Mi alma es un río enamorado de ti», sin abandonar por ello su frío cerebralismo; pero su egocentrismo terrible, de una lucidez y una coherencia diabólicas, no le impide — y en ello reside su huma­nidad— «sufrir profundamente bajo el es­quema de toda su vida, en la cual él no es’ más que el eterno romántico, personaje de sí mismo, sin posibilidad ninguna de evasión más allá de los límites que él se ha señalado».

En In vino veritas, Juan que­da fijado como personaje, sin aquella vague­dad de infinitas posibilidades ni aquel trágico sufrimiento que hacen del autor del Diario un segundo Kierkegaard. Juan sabe ahora perfectamente que, para ser el favo­rito de las muchachas, «hay que ser lo bas­tante fantástico para idealizar, hay que te­ner suficiente gusto para tomar parte en el alegre choque de las copas de la alegría, y bastante serenidad para detenerse de pronto, exactamente como la muerte detie­ne, y bastante furia para querer luego vol­ver a gozar». En honor de la mujer no sabe decir nada mejor sino que «la mujer es… una idea del cerebro del hombre, el sueño de un día y algo que se inventa por sí mismo».

A. Manghi