José de Arimatea

Uno de los discí­pulos ocultos de Jesús. Era miembro del sanedrín, esto es, el supremo organismo religioso y civil del pueblo hebreo incluso bajo la dominación de los romanos. Proba­blemente su circunspecta adhesión a Jesús obedeció a la idea de que podría serle más útil siguiéndole a escondidas que declara­damente.

Pero también es cierto (Juan, XIX, 38) que en aquella decisión debió de intervenir el miedo. Al principio, quizá su simpatía y admiración por Jesús no eran suficientes para justificar una abierta adhe­sión al joven rabí; y más tarde, cuando se transformaron en auténtica fe, debió de fal­tarle el valor para dar un paso que las circunstancias, por lo demás, presentaban como inútilmente peligroso.

Sea como fuere, José era uno de aquellos hombres que sólo se manifiestan plenamente en los momentos excepcionales, mientras que la vida normal y cotidiana los desvía y corrompe. En efec­to, cuando el sanedrín condenó a muerte al Maestro, él fue el único — probablemente también estuvo con él Nicodemo — que se opuso franca y decididamente a aquella criminal injusticia (Lucas, XXIII, 51). No se sabe qué podía costarle tal actitud, pero evidentemente él no ignoraba que aquel gesto le exponía a graves disgustos.

Y el día de Viernes Santo, después de haber seguido etapa por etapa a Jesucristo con­denado y de haberle visto expirar en la cruz, se presentó resueltamente ante Pila- tos para reclamar su cuerpo y, después de haberlo bajado de la cruz y envuelto en una sábana limpia, tuvo el goce de ofrecerle su propia tumba excavada en una anfrac­tuosidad de la roca al pie de la montaña.

No fue, pues, un discípulo de última hora, sino de las horas supremas del Maestro, es decir, de aquellas en que, ya no el miedo, sino la prudencia habrían aconsejado un oportuno disimulo. Y tal vez por ello Je­sús eligió su sepulcro para transformarlo en su reliquia más venerada.

C. Falconi