Durante la Edad Media, José de Arimatea se convierte en una figura mítica que se halla en la base de casi todos los relatos de la Historia del Graal (v.).
Especialmente se refieren sus aventuras en el Román de l’Estoire dou Graal, de Robert de Boron, escrito entre el 1191 y 1201, en el Petit Saint-Graal y, con gran abundancia de detalles, en el Grand Saint-Graal, del pseudo-Map, que constituye la primera parte del anónimo Lanzarote (v.). Una redacción en prosa titulada con su nombre (Joseph d’Arimathée) no es otra cosa que una refundición del Román de Robert de Boron. A través de sus diversas versiones, su historia puede reconstruirse como sigue: José de Arimatea, soldado de Pilatos, reclama a éste el cuerpo de Jesús crucificado para enterrarlo.
Luego de obtener el consentimiento, baja al Nazareno de la cruz, lava sus heridas y recoge la sangre en el Graal, el vaso que sirvió para la Última Cena. Una vez enterrado el divino cuerpo, como al tercer día la tumba se halla vacía, los judíos mandan encarcelar a José. Pero en Roma, Vespasiano, hijo del emperador, se entera de los milagros de Jesús y, hallándose enfermo de lepra, manda a sus enviados a Palestina en busca de una reliquia. La reliquia cura a Vespasiano y éste, informado de la muerte infame de Jesús, castiga a los judíos pasando Palestina a sangre y fuego.
José, sacado de la cárcel donde no tuvo jamás otro alimento que el divino Graal, se dirige con sus familiares a constituir una tribu cristiana en lejanos países. Entonces se revelan por primera vez las virtudes del santo Graal, ante el cual todos los hombres puros se sienten invadidos por una inefable plenitud de felicidad, mientras nada sienten aquellos que se hallan privados de la gracia de Dios. Una vez evangelizado el Oriente, José y los suyos se dirigen a Gran Bretaña, donde propagan el cristianismo.
El Graal es conservado en el misterioso castillo de Corbenic, donde los descendientes de José aguardan al hombre puro que romperá su encanto. Este caballero, en las más antiguas versiones del mito, es Perceval (v.), el simple, pero en las versiones más recientes es Galaad (v.), hijo de Lanzarote (v.). José de Arimatea no es un verdadero personaje como Merlín (v.), pero con mayor eficacia que éste sirve de puente entre la tradición mágica de la antigua épica céltica y la cristiana; más aún, viene a dar al mensaje cristiano en Francia un carácter nacional que parece desvincularlo de la sujeción a Roma.
En efecto, él vendría a ser el directo difusor del cristianismo en el mundo francogermánico, el cual, al aceptar esa leyenda, rechazaba idealmente la evangelización católica y el hecho de que su fe derivara de la cultura de Roma. Pero esta significación polémica, que es evidente en la Historia del Santo Graal, decae rápidamente y José queda como una figura apenas definida, pero grandiosamente mítica, de una leyenda de piedad y de aventura.
U. Dèttore

