Josafat

[Yěhōšáphāt = Dios juzga]. En la figura de Josafat la historia otoñal del Reino de Judá se despliega a modo de enseñanza religiosa.

En efecto, en aquellas sombras se ven más claras la relación cons­tante y la correspondencia punto por punto entre el hombre que se acuerda de Dios y Dios que se acuerda del hombre. «El Se­ñor estuvo con Josafat, porque éste caminó por los primeros caminos de su padre Da­vid (v.), y no esperó en los Baalim (v. Baal), sino en el dios de su padre y cami­nó según sus preceptos». Las tres virtudes, fe en el Uno, esperanza en el Dios de su padre y caridad de los preceptos, constitu­yen la corona de este rey, que en el nom­bre del Omnipotente fue poderoso «y se elevó en grandeza».

Fue un rey de almas, que al lado de los jueces y de los soldados mandaba a los doctores de la ley, como para realzar la santidad, de la espada y la balanza, y decía a los jueces con voz evan­gélica: «Mirad lo que hacéis, porque no hacéis las veces de un hombre sino de Dios; todo cuanto juzgareis recaerá sobre vos­otros. Sea con vosotros el temor del Señor». El significado de su nombre (Dios juzga) es el significado de su reino; semejante a la tribu de un patriarca lleno de autoridad, gracia y ternura que mandaba a los magis­trados como apóstoles y portadores de luz.

El día que lanzóse contra los moabitas «vio de lejos toda la vasta región llena de ca­dáveres» porque el Señor había combatido por él. La alianza con el espíritu fue la alianza de su vida y el juicio de Dios fue su milagro. El valle de Josafat no tiene ningún nexo histórico con este rey: es el simbólico valle del «Juicio de Dios», donde, según la imagen de Joel (v.), tendrá lugar el Juicio universal.

P. De Benedetti