El Patriarca José

[Yōseph]. último de los Patriarcas, protagonista del romántico relato con que termina el libro del Génesis (v.), y uno de los personajes más destacados de la antigua historia de Israel, José era el hijo predilecto de Jacob (v.) y de Raquel (v.), su amadísima esposa, y esta predilec­ción le valió la envidia de sus hermanos.

Hay que reconocer, sin embargo, que él pa­recía complacerse en legitimar este senti­miento con su jactancia: una vez refirió haber soñado que era una gavilla de trigo que se erguía en medio del campo y era adorada por las demás gavillas, y otra vez soñó que estaba en el cielo y que los as­tros se prosternaban ante él. Un día en que sus hermanos mayores apacentaban los re­baños en las cercanías de Siquem, Jacob le envió a llevarles un mensaje; los hermanos, celosos, se apoderaron de aquel rapaz que tan soberbios sueños tenía y, no atrevién­dose a darle muerte, le vendieron a una caravana de beduinos que se dirigía hacia Egipto. He aquí, pues, al muchacho con­vertido en esclavo en el país del Nilo. Pero Dios velaba sobre él.

Comprado por Putifar (v.), ministro del Faraón, conquis­tó el corazón de su dueño y se convirtió en su mayordomo. Y todo hubiera ido del me­jor modo posible, de no haber mediado la culpable pasión que la esposa del ministro, mujer madura pero lujuriosa, concibió por el apuesto joven. José, indignado, se negó decididamente a aceptar sus insinuaciones, y con ello la ofendió profundamente. Y con una perfidia que, según se dice, no es insólita en su sexo, acusó a José de haber querido hacer precisamente aquello que éste había rehusado. Legítima cólera del ministro, y he aquí a José en la cárcel. Nue­vamente se ofrece al Omnipotente la oca­sión de manifestar su benevolencia, pues habiendo sido encarcelados dos ministros del rey, José fue puesto a su servicio.

Una mañana, viéndoles afligidos, les preguntó la causa de su preocupación. «Hemos tenido un sueño que nadie logra explicarnos». Los inspirados tienen a menudo el don de sa­ber interpretar los sueños y José predijo a entrambos sus destinos: el uno sería ahorcado y el otro reconquistaría el favor del Faraón. Así sucedió y por ello cuando, dos años después, el Faraón tuvo un sueño inexplicable, alguien se acordó del joven israelita que seguía en su calabozo. ¿Qué había visto el rey en su sueño? Siete vacas flacas que se arrojaban sobre otras siete vacas gordas y tranquilas, y las devoraban. Todos los adivinos de Egipto — ¿por igno­rancia o por prudencia? — no habían sido capaces de interpretar aquel sueño.

José osó hablar: «Siete terribles años de cares­tía devastarían Egipto…». Triste perspecti­va. ’¿Qué hacer?, preguntó el Faraón. José aseguró que él lo sabía. Y ello fue el ini­cio de una espléndida carrera. Convertido en visir, el joven triunfó de la carestía como había triunfado de la adversidad de su propio destino. Gracias a las prudentes reservas de grano ordenadas por él, Egipto vivió feliz durante los siete años de las vacas flacas, y la posición de José se con­solidó. Colmado de dones por el Faraón y desposado por él con una graciosa princesa, de la que tuvo dos hijos, debía saborear del modo más dulce el placer del desquite. Y en efecto, un día se le presentó una de­legación de israelitas que iban a suplicarle les vendiera un poco de grano.

José reco­noció a sus hermanos; los puso. a prueba, sólo para hacer sentir su poder a quienes tan mal le habían tratado, pero luego, con­movido a la vista de su hermano menor, Benjamín, les abrió los brazos y les mandó que fueran inmediatamente a buscar a su anciano padre y que la tribu entera se es­tableciera en el país de Gesseh, junto al Delta, donde el gran visir les concedería tierras. En el plano moral y espiritual, este relato es rico en enseñanzas. En una época de extremada libertad de costumbres, es muy bello que el adolescente José guarde su pureza negándose al adulterio. Y no se puede leer sin emoción la escena en que el vencedor perdona a sus malvados her­manos, en un gran impulso de amor. Histó­ricamente, el relato se inserta en un cuadro que hoy se nos presenta como perfectamen­te auténtico.

Podemos admitir que se des­arrolló en el siglo XVIII o XVII antes de nuestra era, en un período en que Egipto estaba gobernado por la dinastía de Fa­raones originarios de Asia, más o menos semitizados, llamados Hicsos, o reyes pastores. La presencia de un visir semita is­raelita en su corte no debe sorprendernos: se ha encontrado la moneda de ptro semita que fue ministro de un faraón.’ Todos los detalles, e incluso los nombres del relato son fácilmente identificables con cuanto la egiptología nos ha dado a conocer: por ejemplo, Putifar es una adaptación de «Padifara», «el protegido del dios Ra»; la mujer de José se llama Aseneith, «la que pertenece a la diosa Neith». En cuanto al episodio de los «siete años de vacas flacas», se ha encontrado una estela que conmemora una carestía que duró efectivamente siete años.

H. Daniel-Rops