Jonathan Wild

Protagonista de la Historia de la vida del difunto señor Jona­than Wild el Grande (v.) de Henry Fielding (1707-1754). Repulsivo tipo de perfecto y despiadado bribón, los motivos de sus actos son del género que en general suele recibir la aprobación del mundo, y sin em­bargo su carrera suscita nuestra indigna­ción.

Jefe de una banda de ladrones, orga­niza sus golpes, se apodera de la porción mayor del botín y logra mantenerse lejos de las garras de la ley; si alguno de la banda discute su autoridad, restaura la dis­ciplina denunciándolo. Este personaje ilus­tra con tajante ironía una completa sub­versión de las situaciones sociales y de los valores morales. En efecto, para Fielding nada difiere tanto de la bondad como la grandeza: «la grandeza consiste en aca­rrear a la humanidad toda suerte de des­venturas; la bondad, en evitárselas», pero — como él irónicamente sostiene — la grandeza es grandeza dondequiera que se halle, y en la carrera del perfecto y descarado sinvergüenza que es Jonathan Wild puede verse un ejemplo perfecto de la grandeza, con su perfecta apoteosis: la horca. «Por mi parte — dice el novelista — su muerte en la horca me parece tan digna de un héroe como otra cualquiera, y solemnemente de­claro que si Alejandro Magno hubiese sido ahorcado, ello no disminuiría en un ápice mi respeto por su memoria.

Con tal que un héroe haya cometido en su vida un número suficiente de crímenes, con tal que haya sido debida y cordialmente malde­cido por las viudas, los huérfanos, los po­bres y los oprimidos (única recompensa, co­mo muchos escritores han lamentado amar­gamente ya sea en prosa, ya en verso, de la grandeza, esto es, de la bribonería), yo creo que poco importa la manera como haya muerto, ya sea bajo el hacha, en la horca o al filo de la espada. Tales hombres no dejarán jamás de pasar a la posteridad ni de gozar de aquella fama que aquéllos en­salzan tan gloriosa e intensamente».

Es profundamente irónico el discurso de Wild sobre el honor: «¡Qué lástima, señores, que una palabra de uso tan excelso tenga una aplicación tan incierta y varia que raras veces dos personas designen con ella una misma cosa! ¿Acaso no hay quienes por honor entienden la benevolencia y la hu­manidad, estas cosas que las almas débiles llaman virtud? ¿Tenemos entonces que ne­gar el honor a los grandes, a los valientes, a los nobles, a los saqueadores de ciudades, a los devastadores de provincias, a los con­quistadores de reinos? ¿No fueron acaso todos ellos hombres de honor? Y sin em­bargo, despreciaron aquellas compasivas cualidades que antes he mencionado.Más aún, hay algunos, si no me equivoco, que incluyen en su concepto del honor la idea de la honradez. ¿Tendremos que admitir, pues, que ningún hombre que robe a otro lo que la ley, o quizá la justicia llaman suyo, o que valerosa y audazmente le arre­bata tal propiedad, es un hombre de ho­nor? ¡Líbreme el cielo de decir semejante cosa en esta o en cualquier otra buena compañía!… ¿En qué consiste, pues, la pa­labra «honor»? Es claro: en sí misma.

Un hombre de honor es aquel a quien se llama un hombre de honor. Y seguirá siéndolo mientras se le dé este nombre y no des­pués». Originariamente esta sátira apuntaba contra el gobierno de Robert Walpole y la corrupción que mantuvo aquel ministro en el poder (véase empero su rehabilitación en The Endless Adventure, de F. S. Oliver, Londres, 1930-1935); pero muchos pasajes que aludían demasiado claramente a esa intención satírica en la edición de 1743 fue­ron luego suprimidos o alterados.

M. Praz