Jonás

[Yōnāh]. Personaje bíblico, pro­tagonista del breve libro de su nombre (v.) en el Antiguo Testamento. Historia maravillosa la del profeta que, como nadie igno­ra, vivió tres días en el vientre de un pez (la Biblia, v., no dice que fuera una ba­llena), pero cuya significación es rica en grandes enseñanzas.

Debía narrarse esta historia, hacia el siglo VIII antes de nuestra Era, en los ambientes populares de Israel dándole el significado de una promesa: el Dios que había sacado a Jonás de las en­trañas del monstruo protegería también a su pueblo, arrancándole al monstruo asirio que se disponía a engullirlo. Pero también puede sacarse de ella otra enseñanza. «¡Le­vántate— había ordenado el Señor — y ve a Nínive, la gran ciudad, y predica contra ella! ¡Adviértele que cambie de costumbres, pues de lo contrario la destruiré!» Aparte de que la empresa no era más agradable que ir a ofrecer un terrón de azúcar a un león, la orden de Yahvé indignaba secre­tamente al profeta: ¿Cómo? ¿Ir a revelar la verdad sobrenatural a aquel pueblo san­guinario y exterminador? Y precisamente por esta desobediencia Jonás fue castigado. Así Dios quiso enseñar la universalidad de su palabra y que a todos los hombres es posible salvarse.

Jonás, obedeciendo final­mente la orden de Dios y dirigiéndose a pesar de todo al país de los odiados nini- vitas para llevarles una palabra de mise­ricordia, ¿no es acaso, anticipadamente, un testimonio de Cristo, el mensajero del «perdona a tu enemigo»? Este Jonás que sale de las entrañas del pez al tercer día, ¿no es, más claramente aún, el anuncio de Aquel que, también al tercer día, escapará al monstruo del sepulcro, en la luz de la Re­surrección? Y el «signo de Jonás», citado proféticamente por Jesucristo (Mateo, XIII, 39; Lucas, XI, 29) hará famoso a ese per­sonaje en las comunidades cristianas pri­mitivas: en las catacumbas, sobre los sar­cófagos de las primeras generaciones se verá muy a menudo un monstruo, una es­pecie de fantástica serpiente de mar, de cuya boca sale un hombrecito negro, que es el hombre de Dios.

H. Daniel-Rops