John Silver

Personaje de La isla del Tesoro (v.) de R. L. Stevenson (1850-1894). Juntamente con el capitán Billy Bones, el avinagrado y colérico hombre de mar que introduce a Jim Hawkins (v.), protagonista de la novela, en su extraordinaria aventura, y con el ciego Pew, de cuyas manos logra milagrosamente escapar el muchacho Jim, cuando aquéllos irrumpen sobre la hostería paterna^ para apoderarse del mapa donde está señalada la situación del tesoro, este John Silver, con su inseparable papagayo, su pierna de palo maniobrada con increíble destreza lo mismo para andar que para herir, su desenvuelto lenguaje pintoresco y alusivo, representa la piratería en sus ca­racteres decorativamente más célebres: el ensueño, en una palabra, al cual cede Jim, deliciosamente estremecido a lo largo de todo el relato. Por otra parte, John Silver es el personaje psicológicamente más com­plejo de la novela.

Cocinero a bordo de la «Hispaniola», fletada por el ingenuo y leal «squire» Trelawney y sus compañeros para dirigirse a la isla del tesoro, le vemos en toda la primera parte de la gran aventura esforzándose en hacerse simpático y agra­dable a los «caballeros» organizadores de la expedición. Con su inteligencia, elocuen­cia y campechanía, sirve de enlace entre la tripulación, de la que cada vez se revela más claramente como jefe y representante, y el puente de mando. Pero en realidad no se trata más que de un trabajo de progre­siva fascinación que Long John, como tam­bién le llaman, se esfuerza en realizar sobre su presa para poder sorprenderla mejor cuando llegue el momento de quitarse la careta y declararle la guerra.

En efecto, su propósito y el de sus compañeros es apo­derarse de la nave y del tesoro en cuanto se inicie el viaje de regreso, pero mientras tanto, con felino disimulo, se presta a cola­borar diligentemente y con sus mejores aptitudes profesionales al éxito de la ex­pedición. Más tarde, cuando se descubre prematuramente su plan, halla el modo de revelar toda la salvaje ferocidad de su carácter de hombre al margen de la ley y toda la indomable codicia que le impulsa a los más atroces crímenes, así como el cíni­co maquiavelismo según el cual regula sus relaciones con el prójimo. En efecto, cuan­do, en un momento determinado, se da cuenta de que ha perdido la partida, no tiene el menor empacho en tratar encu­biertamente con el enemigo y traicionar a sus cómplices.

Respeta la vida de Jim, ca­sualmente caído en sus manos, sólo para servirse de él como de un rehén. Y así salva la piel y al reconocer con la mayor desfachatez haber sido vencido vuelve a ser el astuto adulador y entrometido cocinero del principio. Su ley es la arriesgada y peligrosa ley del más fuerte: así lo pro­clama en los días de esperanza y de poder. Pero en los días de derrota y de desilusión se mantiene fiel a aquella norma; por ello su doble traición no ofende, sino que posee cierto matiz heroico y desesperado, supre­mamente libre.

El desprecio con que luego le tratan el «squire» Trelawney y sus compañeros no le molesta en modo alguno y sirve más que nada para restablecer una diferencia formal de carácter «social» entre la gente honrada que cree en Dios y lucha por la patria y por el rey, y esos román­ticos «desperados». John Silver se mantie­ne fiel a su papel y a su desconsolada filo­sofía hasta el final (pero en la fantasía del muchacho Jim halla, a pesar de todo, indul­gencia y gratitud), y huye en cuanto la nave toca el primer puerto, no sin lle­varse consigo una parte, siquiera pequeña, del tesoro.

G. Bassani