Jimena

El mundo poético castellano no conoce una sino dos figuras de Jimena: la de algunos romances como En Burgos está el buen rey, Cada día que amanece, En el Día de Reyes, o del Cantar de Rodrigo (v. Cid), con el que aquéllos se relacionan (Valbuena Prat), no es la misma Jimena de Las mocedades del Cid (v. Cid) de Guillén de Castro (1569-1631) o de El Cid (v.) de Comeille (1606-1684).

Dos son al menos las criaturas poéticas que preludian a la figura de doña Jimena, madre y señora del Cantar del Mío Cid (v. Cid) y de los ro­mances con él relacionados. La primera es la de una mujer que nada tiene de sor­prendente en un mundo de violencia donde el principio del resarcimiento del daño se funda en bases de primitiva sencillez y donde la parte perjudicada tiene derecho a determinar la forma en que debe satis­facerse (Menéndez Pelayo). Rodrigo ha dado muerte al conde Lozano (v.) y no importa que haya sido por legítima venganza: de­berá reparar su delito casándose con la hija de aquél.

Jimena, criatura de sublime e in­genua sencillez, ha perdido el apoyo del brazo paterno: será, pues, el propio Rodrigo quien deberá protegerla y sostenerla con la lealtad que corresponde a un buen ca­ballero. La demanda de Jimena nada tiene de extraño si se considera enmarcada en el ambiente y la psicología medievales. Pero aun así, lo que parece normal a un cantor asombra a otros: se observa una actitud crítica tal vez de gran alcance en el ro­mance En el día de Reyes (Menéndez Pe- layo, VIII, pág. 61, w. 27-30): el rey está estupefacto ante la demanda de Jimena: «Siempre lo oí decir, / y agora veo que es verdad, / que el seso de las mujeres / que no era natural: / Hasta aquí pidió justi­cia, / ya quiere con él casar».

Pero con ello la figura de Jimena no se incorpora a una creación nueva: ésta surgirá de los princi­pios del contraste entre el amor y el honor entendido a la manera castellana. En este sentido la Jimena de la literatura moderna es una auténtica creación de Guillén de Castro, por cuanto Corneille no le añade ningún nuevo rasgo. Jimena ama a Rodri­go y es correspondida por éste. Pero Diego Laínez (v.), el padre de Rodrigo, es mortal­mente ofendido por el conde Lozano, padre de Jimena: Rodrigo tiene la obligación sa­grada de vengar al uno dando muerte al otro. Esta obligación es ineludible y Ro­drigo se debate entre el deber de la ven­ganza y el amor por Jimena.

Pero en esta última, después del duelo, se determina un paralelismo psicológico absoluto que hace de ella una gemela, por así decirlo, del Cid. También para Jimena la venganza es una obligación de honor: deberá pedir al rey la cabeza de Rodrigo, aunque ello signifique para ella la muerte como ena­morada y tal vez como ser viviente. Debe desear la venganza como un imperativo ca­tegórico. El choque de los sentimientos exasperados no la abruma porque posee una voluntad de hierro: pero basta la falsa noticia de la muerte de Rodrigo para que esta voluntad ceda ante el amor. Jimena no puede plantearse el problema de la le­gitimidad de su venganza o del de la de Rodrigo: debe ser inexorable, inhumana­mente, tanto más cuanto más clemente qui­siera ser; tanto más sorda a los latidos de su corazón cuanto mayor es su temor de que éste la domine por completo.

Es ló­gico que el desequilibrio psicológico debido a la exasperación del intento por restable­cer el equilibrio la lleve a paroxismos de ferocidad como el de arrojar al rostro del decrépito Diego Laínez la cruda noticia de la muerte de su hijo. Pero la conclusión es artísticamente perfecta. Rodrigo, que ha sa­lido vencedor del terrible duelo con el ara­gonés que pretende las tierras del rey de Castilla para su rey, a la vez que personal­mente aspira a la mano de Jimena, se ofre­ce a ésta como esposo o se declara dis­puesto a aceptar la muerte por su mano. Todo artificio verbal, aun aquel de que se vale el Rodrigo de Guillén de Castro, es en el fondo superfluo: Jimena aceptará a Rodrigo, evidentemente porque en su co­razón le ha aceptado ya desde el primer momento.

El ciclo queda artísticamente tan cerrado que el Castro moderno no habría sentido sin duda ninguna necesidad de pro­clamar en alta voz su conclusión. Luego la figura de Jimena se desvanece. Jimena, en El cantar del Mío Cid, es indudablemente una «pálida visión» (Bertoni), pero esta visión constituye una parte esencial en el substrato del mundo poético del poema y en el mundo psicológico del protagonista. Jimena y las hijas a quienes adora son las nobles damas por las cuales el Cid combate y vence, aquellas para quienes conquista Valencia, las que «guardarán» Valencia cuando el Cid bajará a luchar a campo abierto: son el objeto del más puro y noble amor del Campeador.

Jimena, aquí, no vive ya con vida autónoma; pero vuelve a erigirse en protagonista en composiciones como el romance Con la mano en el es­tribo, donde es ella quien, en admirable continuidad ideal, incita al Cid a vengar, sin posibilidad de componenda alguna, el ultraje que a sus hijas han inferido los infantes de Carrión.

R. Richard