[’Jzebel (Isabel)]. Personaje bíblico cuya historia nos narra el libro de los Reyes (v.). Esta mujer, tristemente famosa en la tradición de Israel hasta el punto de ser tomada, en el Apocalipsis (v.), como símbolo de impiedad y de seducción (cap. II, 20), no carece, sin embargo, de grandeza trágica.
El libro de los Reyes, habitualmente frío y esquemático en la descripción de los personajes «malos» de su relato, no puede dejar de esculpir en acusadísimos relieves de dramatismo puro la figura de esta digna adversaria del profeta Elias (v.); y, aun censurándola, no le atribuye caracteres genéricos de perversidad, sino que, cual ocurre en ciertos personajes dantescos, la personaliza a lo vivo, en los límites extremos del mal.
Princesa fenicia de la casa reinante de Tiro convertida en esposa de Acab (v.), monarca de Israel (873-854 a. de C.), Jezabel introduce en el reino cismático el refinamiento y el lujo de su tierra, y, lo que es todavía peor, el fascinante sensualismo de los cultos de Baal (v.) y Astarté (v.). No se contenta con un sincretismo transigente o. una tácita tolerancia, sino que pretende, para sus ídolos, el primero y único lugar, por cuyo motivo desencadena la persecución. Aunque inesperadamente vencida a causa de la matanza de sus sacerdotes debida a la intrépida intervención de Elias, no renuncia a la venganza, y su amenaza de muerte sigue al profeta fugitivo, cual la densa sombra del triunfo del mal.
Junto a ella, dominadora, intrigante y segura, el escéptico rey Acab, por otra parte político sagaz y afortunado guerrero, aparece como subyugado. Jezabel vence los escrúpulos de éste, y, mediante órdenes perentorias y falsos testimonios, hace matar a Nabot, a consecuencia de lo cual su viña pasa a poder del rey. Nuevamente se yergue ante ella la figura implacable de Elias y le anuncia la catástrofe. Ésta, fatalmente, ocurrirá. Sin embargo, mientras tanto, muerto Acab y desaparecido el profeta, la poderosa influencia de Jezabel se extiende y consolida durante el reinado de sus dos hijos Joram y Ocozías, y, aún se amplía más allá de los confines de Israel, gracias ‘ al matrimonio de su hija Atalía (v.) con el rey de Judá.
Finalmente, la sublevación de Jehú, provocada por Elíseo (v.) en nombre de Elias, marca, en un instante, la ruina total. No queda ya sino la muerte; y Jezabel, no por vieja menos indómita, le sale al encuentro como lo hace una reina. Pintados los ojos, lleno de afeites el rostro y primorosamente peinada la cabeza, aguarda sola, en el balcón del palacio, a aquel que ha dado muerte a dos reyes, y le desafía con supremo desdén. Ha llegado su fin: a una seña de Jehú, los eunucos la arrojan por la ventana del palacio, bajo los cascos de los caballos; sólo ha podido hallarse de ella el cráneo, los pies y las manos, de suerte que «ni aun podrá decirse: ésta es Jezabel» (libro IV de los Reyes, cap. IX). Cabe creer que la Biblia no ha descrito figura del mal más viva y triunfante, para decretar luego, trágicamente, su efímera nulidad.
E. Bartoletti

