[Jerome Coignard]. La figura del abate Coignard, creada por Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924) en El figón de la reina Peto ja (v.), fue de nuevo tratada por su autor en Las opiniones de Jerónimo Coignard (v.), con la intención de ofrecer un retrato completo de la misma.
Coignard resume en sí mismo los motivos y contradicciones propios de la mentalidad de France y característicos, al mismo tiempo, de la cultura y el espíritu europeos en los últimos años del siglo XIX. Orientado hacia la carrera eclesiástica y perfecto humanista, el abate Coignard, nos dice France, «floreció» en la primera mitad del siglo XVIII, fue «profesor de retórica en el Colegio de Beauvais, bibliotecario del señor de Séez (‘Sagiensis episcopi bibliothecarius solertissimus’, como reza su epitafio), luego secretario en San Inocencio, y, finalmente, conservador de la Astaraciana, reina de las bibliotecas, cuya pérdida será para siempre deplorada.
Murió asesinado en el camino de Lyon por un judío cabalista llamado Mosaide (Judaea manu nefandissima) y dejó varias obras interrumpidas y el recuerdo de bellas conversaciones familiares». Su vida es la propia de un «clérigo» humanista, no falta de pintorescos desórdenes, pero también totalmente colmada de amor al estudio e iluminada por una sana filosofía moral que extrae de los libros, sin ‘ menoscabo, por otra parte, de su sólido sentido común.
Divertido e indulgente espectador de las locuras, incongruencias y errores de la vida, e inclinado a buscar la verdad más bien en los poetas que en los filósofos, y más en la filosofía que en la ciencia, personifica una singular manera de ver las cosas de este mundo: un escepticismo al estilo de Montaigne, audaz y radical en todo cuanto no atañe a la religión, y pronto a examinar con ojos despreocupados las más arriesgadas novedades, aun cuando también atento a desconfiar de ellas, dado que los hallazgos.
más hermosos de la moderna sociología y los más brillantes sistemas no pueden modificar la naturaleza humana, sobre la que el abate Coignard posee una opinión totalmente opuesta a la demasiado optimista de Rousseau. Todo esto le convierte, asimismo, en un hombre de su siglo, racionalista y amigo de la Ilustración: ante las excesivamente descaradas injusticias del antiguo orden social, vese, casi a pesar suyo, arrastrado a la rebelión (contradicción que refleja y explica la evolución de France desde el escepticismo estético hasta actitudes siempre extremadamente anticonformistas y revolucionarias).
Sin embargo, el prudente abate procura no abandonarse a tales ideas: la civilización humana es cual un edificio pacientemente construido, aun con todos sus defectos y por medios no siempre honrados, sobre la primitiva barbarie de la humanidad, y cualquier cambio demasiado brusco o innovación excesivamente audaz pueden arruinarlo. De ahí la razón por la cual Coignard se mantiene celosamente fiel a su catolicismo: la fe es una cuestión de conciencia individual (él la posee, y se guarda muy bien de discutir acerca de ella); pero el respeto al catolicismo va, en opinión suya, estrechamente unido a la reverencia por la tradición: es el distintivo más claro de la caridad cristiana, del espíritu de tolerancia mutua y de la verdadera humildad en las relaciones entre los hombres, que son lo único que puede efectivamente vivificar y ennoblecer las obras hijas de nuestra tan cacareada civilización.
M. Bonfantini

