Jefté

[Yiphtāh]. Octavo de los «Jue­ces» israelitas de quienes se habla en los capítulos X y XII del libro de este nombre (v. Jueces) del Antiguo Testamento, Jefté era hijo ilegítimo, nacido de una prostituta, y apenas llegado a la mayor edad fue ex­pulsado de casa por los hijos legítimos de su padre.

Situado así fuera de la ley y al margen de la vida civil, hubo de aceptar totalmente su suerte y transformarla en aventura. Se convirtió en jefe de una par­tida de bandoleros beduinos, compartiendo su clásica vida de proezas y asaltos. Pero el ímpetu de su carácter debió de correr parejas con una indudable sagacidad y con ciertos rasgos generosos, ya que, cuando los israelitas fueron amenazados por los ammonitas, sus vecinos del Este, tuvieron la idea de ofrecerle la jefatura de su pue­blo.

Ante la perspectiva de una nueva aven­tura y la proposición formal de convertirse en jefe de Galaad, las antiguas ofensas pa­saron a segunda línea y Jefté aceptó la invitación de los ancianos. Luego de in­tentar en vano una avenencia amistosa con los ammonitas, decidió pasar a la acción, pero en la incertidumbre del éxito y bajo la pesadilla de un inminente «juicio de Dios», su religiosidad, tan ruda como pro­funda, irrumpió con el ímpetu primitivo de un tremendo voto. «Si venzo a los ammonitas, la primera persona que salga de mi casa a recibirme victorioso, será de Yahvé y yo se la ofreceré en holocausto».

El re­cuerdo de sacrificios humanos celebrados en otro tiempo por los cananeos no debió sin duda ser ajeno a la exaltación religiosa de Jefté, y por otra parte la gravedad de su voto no era menor, a sus ojos, que la gra­vedad de su empresa. Fuera como fuere, de ella debía nacer un trágico nudo, lleno de terrible emoción. En efecto, una vez obtenida rápidamente la victoria, he aquí que la primera persona que se le acercó, entre un coro de vírgenes que cantaban sus alabanzas, fue su única hija.

Al hallarse ante la víctima de su voto, el guerrero fue presa de violenta emoción, que expresó en frases de profundísimo pesar. Su hija no se opuso a la ejecución del voto: únicamente le pidió que la difiriera por dos meses, a fin de poder recorrer los montes con sus amigas «para llorar su virginidad». Como en el mito de Ifigenia (v.) y en la Antígona (v.), de Sófocles, también en la Bi­blia la virgen inmolada concentra sobre sí, en el último momento, las conmovidas miradas del lector, pero no por ello queda en la sombra el trágico destino de su pa­dre ni la titánica tensión de su lucha inte­rior.

En el oratorio Jefté (v.), de Giacomo Carissimi (1605-1674), el papel central co­rresponde, más que al guerrero, a su hija: jubilosa al principio en grandes coros de celebración, que el compositor hizo intro­ducir en el texto bíblico, y luego víctima resignada y doliente a la vez, en bellos desarrollos no sólo corales sino también monódicos, que hacen de aquella obra maestra uno de los más directos preceden­tes de la moderna ópera.

G. Rinaldi