Jean Valjean

Es el protagonista de Los miserables (v.) de Víctor Hugo (1802- 1885), y, tal vez, el personaje más repre­sentativo de la gran fórmula victorhuguesca y de todo cuanto hay en ella de falso y de verdadero.

Impulsado por el hambre, Jean Valjean ha robado dos panes; detenido y condenado, varias tentativas de evasión motivan que su pena se prolongue durante veinte años; finalmente logra escapar y re­hacer su vida, convirtiéndose en un bien­hechor de la sociedad hasta que, para no ser a su vez el causante de la condenación de un inocente, vuelve a entregarse a la justicia. Sólo la generosidad del policía Ja­vert (v.), que se suicidará para castigarse por haber traicionado de este modo sus de­beres, le permite huir nuevamente y sal­varse.

Encontramos a Jean Valjean inme­diatamente después de su evasión, cuando todavía no ha logrado liberarse de la men­talidad de proscrito: roba una moneda a un muchacho y dos candelabros de plata a un excelente sacerdote (y sería encarce­lado de nuevo si éste no afirmase habérse­los regalado); y volvemos a hallarle más tarde en el apogeo de su actividad benéfica, cuando casi todos los personajes de la com­plicada novela hallan en él un auxilio y una solidaridad de espíritu que les permite resolver sus distintos dramas; seguimos la última crisis del antiguo forzado que corre a entregarse con la muerte en el corazón, esperando y temiendo a la vez llegar de­masiado tarde: de él, criatura de dolor y de desgracia, parece emanar una paz pro­funda y tranquilizadora para todos cuantos le rodean, como si su expiación hubiera de antemano redimido a cuantos encuentra.

Ninguna otra figura ilustra mejor que él la angustiosa pero profundamente confiada concepción que de la vida tenía Víctor Hugo. En efecto, Jean Valjean es criatura directa de un maniqueísmo inconsciente, refinado y redimido por cuanto el cristia­nismo católico tiene de más heroico: en él obran activamente los principios del mal y del bien, pero su actividad no es la misma: el uno se impone y el otro acepta el papel de víctima expiatoria. Por lo mismo, la generosa bondad de Jean Valjean tiene algo de absurdo y de ilógico, como casi todas las expresiones de bondad en las novelas de Víctor Hugo: a un ladrón que intenta robarle, le coge la mano, le describe rápi­damente la vida de presidio y luego le suelta, permitiéndole llevarse lo que le robó.

Por esta misma razón, no sirve a Dios alegremente sino con tristeza: lo que le impulsa no es el remordimiento de sus culpas, tan limitadas, sino la profunda con­ciencia de que el bien, por grande que sea, apenas logra superar el gran mal que se halla siempre presente en nosotros y que fatalmente reside en todos los hombres. La generosidad no se opone a la injusticia, antes al contrario, siguiendo cada una su camino, a menudo la confirma: es una ge­nerosidad derrotada desde su inicio y que sólo logra merecer aquel nombre cuando acepta esa derrota frente a toda mira terrenal. En semejante actitud, entre lo ca­balleresco y lo ascético, hay un elemento formal, decididamente teatral en muchos casos, que con excesiva frecuencia se tra­duce más directamente en un efecto escé­nico que en una afirmación moral; pero, entre las numerosas figuras que vienen a representarlo, Jean Valjean es la que, me­jor que ninguna otra, lo interioriza con sus silencios, con su melancolía y con su dolo­roso secreto.

Por ello ciertas expresiones novelescas suyas, como por ejemplo cuando, caído en manos de una pandilla de delincuentes, logra escapar gracias a un antiguo ardid de forzado, resultan inferiores a su personalidad, como resulta inferior a él su cinematográfica carrera hacia el tribunal donde se está juzgando a un inocente en lugar suyo. En tales momentos, ese perso­naje, que lleva ya en sí el empuje mesiánico de un Tolstoi, vive sencillamente en una esfera de realismo a la que falta la potencia de un Balzac.

U. Déttore