Jacques

Personaje de Como gustéis (v.), comedia de William Shakespeare (1564- 1616). Cuando el duque desterrado se refugia en el bosque, Jacques le sigue, pro­bablemente por lealtad, aunque no haga ostentación de ella y más bien se afane por esconder sus más profundos sentimien­tos tras la apariencia de un espíritu sar­dónico.

En efecto, el melancólico y filo­sófico Jacques introduce en la ligera co­media la figura del moralista, amargado comentador de los distintos aspectos de la vida y curioso y desapasionado investigador de todos los aspectos de las cosas; figura destinada a tener un gran éxito en el tea­tro inglés de principios del siglo XVII, es­pecialmente en los dramas de Ben Jonson (1573-1637) y de John Marston (1576-1634). Jacques es el moralista cínico profesional, que se las da de egoísta y de misántropo, pero que lanza sus dardos sin abandonar jamás las formas corteses; es la más mesurada y urbana encarnación de aquel mis­mo espíritu crítico que habrá de estallar desaforadamente en el Tersites (v.) de Troilo y Crésida (v.).

Por ello gozó del favor de la crítica francesa del siglo pasado, que le convirtió en la figura central del drama; George Sand llegó, en su versión, nada menos que a casarle con Celia (v.). Figura meditabunda y vestida de negro, «cerebral puro, aprisionado dentro de los negros lí­mites de su soledad y aridez», según le ha definido Emilio Cecchi, Jacques presagia en cierto modo el personaje de Hamlet (v.), aunque, comparadas ‘ con las consideracio­nes de éste sobre el hombre y la vida, las que hace aquél sobre las distintas edades del hombre en la escena 7 del acto II pare­cen francamente frívolas. «El mundo no es más que un teatro y todos los hombres y mujeres no son más que actores. Como tales tienen sus salidas y sus entradas.

Una mis­ma persona, en su vida, representa distintos papeles, ya que los actos están constituidos por siete edades. Primero el niño que llo­riquea, berrea y vomita en los brazos de su nodriza; luego, el escolar quejumbroso que con su cartera y su reluciente rostro matutino se arrastra de mala gana, como una babosa, hacia la escuela; luego el enamorado, que suspira como un fuelle…; lue­go el soldado, lleno de curiosas imprecacio­nes, bigotudo como un leopardo, celoso de su pundonor… que busca una gloria vana, si es preciso bajo la propia boca del cañón.

Luego el juez de hermosa y redonda ba­rriga llena de sabroso capón… que rebosa sabias máximas y resobados ejemplos… La sexta edad se trueca en un apergaminado Pantalón, flaco y en zapatillas… su gruesa voz de hombre, convertida de nuevo en el falsete de su infancia, resuena estridente y chillona. La escena final que cierra esta historia tan extraña y llena de aconteci­mientos es una segunda niñez y un com­pleto abandono, sin dientes, ni vista, ni gusto, ni nada». Este cínico pasaje, que por lo demás no hace sino repetir varios tópicos de la literatura isabelina, no debe, naturalmente, tomarse como expresión de las ideas de Shakespeare.

M. Praz