Jacobo Ortis

[Jacopo Ortis]. Héroe de la novela de Ugo Foscolo (1778-1827), Últimas cartas de Jacopo Ortis (v.). Más que un personaje literario, es un retrato novelesco que el autor se complugo en ha­cer de sí mismo y al cual confió sentimientos e ideas propios en distintos pe­ríodos de su vida, lo cual explica que no siempre sean coherentes entre sí.

En sus líneas esenciales, Jacopo es la imagen de Foscolo entre 1797 y 1802, años de amores tempestuosos y de peregrinaciones a través de Italia, entonces disputada por los extran­jeros; más de una vez esta imagen volverá a surgir en la vida del poeta, incluso en sus años más maduros, y él, a pesar de la cordura de que hace gala, la reconocerá como su expresión más auténtica. En Ja- copo es posible ver más de un rasgo común a los héroes de Alfieri, ya que la enseñanza de éste había desempeñado un papel ca­pital en las experiencias de Foscolo.

Héroe alfieriano en un ambiente burgués, Jacopo Ortis vive, desde el principio, fuera de los límites de la vida normal: superviviente de sí mismo después de la catástrofe de Campoformio, se encierra en la «antigua soledad ,de sus colinas», los Colli Euganei, sin aguardar ya otra cosa más que la paz y el sepulcro. Pero como todavía es joven, no puede sofocar los estremecimientos que de vez en cuando le hacen rebelarse contra los extranjeros traidores, contra los italia­nos viles y aun contra la Naturaleza mis­ma, que parece haber impuesto al mundo la única ley de la fuerza; y tampoco pue­de rechazar la atracción de la vida, a la que creía haber renunciado, y que se le presenta bajo los rasgos de la «divina mu­chacha», Teresa.

Pero el amor, que está a punto de embriagarle, no puede hacer más que acelerar el desastre: Teresa no será nunca suya, no sólo porque está prometida a otro, sino porque él, el prófugo perse­guido, no puede pensar en unir su vida a la de aquélla. Por dos veces el amor le arran­cará de su soledad, y «desesperado amante sin patria», desterrado sin fe y sin propó­sito, habrá de andar errante por la sojuz­gada Italia, hasta que, cuando se halla a punto de pasar a Francia con otros fugi­tivos, tomará de pronto la resolución de regresar a la tierra de Teresa y suya, y no lejos de Teresa ni de las tumbas de sus antepasados se dará muerte, a la mane­ra clásica, de una puñalada en el corazón.

Así el suicidio se halla al principio y al final de la historia de Jacopo, que, en ri­gor, no tiene desarrollo propiamente dicho; pero la figura del héroe alfieriano, que avanza con los ojos fijos en la muerte, adquiere con él algunos trazos nuevos, me­nos rígidos y más humanos. La muerte an­helada aparece a los ojos de Jacopo como la única forma de conciliación y de apa­ciguamiento, que devuelve los hijos a sus padres y recoge alrededor de los moribun­dos y de los extintos el alma de cuantos les amaron: por ello no se fija en el gesto heroico del individuo solitario, sino en la imagen consoladora de la tumba.

Durante toda la novela, el proscrito, que ha per­dido la esperanza en todo y en todos, lleva su nostalgia hacia una unión humana que ponga fin a su aislamiento, y, si descubre que los individuos y las naciones se mueven impulsados por un ciego egoísmo y que las virtudes más celebradas no son más que meros nombres, su negación se detiene frente a la que para él es la única virtud, la Compasión: «Tú, oh Compasión, eres la única virtud. Todas las demás son virtudes usureras». Más allá del mundo rechazado por él, vislumbra un universo armónico, y de ese universo le parece tener más que un presentimiento en las imágenes de belle­za a que sigue abriéndose su corazón.

Al lado de este Jacopo, sin embargo, vive un joven melancólico y sentimental, que refleja el estado de ánimo de Foscolo a sus 18 años, cuando escribió aquella Laura cu­yas páginas se han conservado en su obra más madura, y vive también otro Jacopo, el de las páginas añadidas a las ediciones de 1816 y 1817: un Jacopo que ha logrado vencer al fantasma del suicidio y que, en su carta del 17 de marzo, sabrá dar a los italianos una noble y viril enseñanza.

M. Fubini