Jacob

[Ya‘āqobh]. Patriarca cuya vida aparece ampliamente relatada desde el cap. XXV al L del Génesis (v.); su nombre se repite luego, casi sin excepción, en todos los libros del Antiguo Testamento y en muchos del Nuevo.

Según la historia, de­bió de vivir hacia el año 1800 antes de nuestra era, en la segunda generación a contar desde el establecimiento de Abra­ham en la Tierra de Promisión. Para evo­car la figura del gran patriarca, basta pe­netrar en una capilla de la iglesia parisiense de San Sulpicio, y, súbitamente, compren­deremos el significado de este personaje, su realidad de hombre que se enfrenta a Dios. En una elevada pared muy deficientemente iluminada, aparece pintado un prodigioso combate, cual lo imaginara Eugène Dela­croix en el apogeo de su arte. Jacob tie­ne ante sí a un ángel: con el cuerpo ar­queado y los músculos en tensión, lucha con todas sus fuerzas.

Pelea nocturna y espiritual, que Rimbaud juzgará «brutal como una lucha entre hombres». ¿Qué pue­de importar el resultado de semejantes y tan terribles encuentros? Bello y grandioso es el combate, esta contienda cuerpo a cuerpo. La gloria de Jacob reside en haber merecido el sobrenombra de «Israel» — el que ha hecho frente a Dios—, por cuanto este hecho de medirse con lo divino cons­tituye, por muy profundas tinieblas que lo rodeen, la grandeza del hombre. ¿Acaso no duerme en cada uno de nosotros un lucha­dor nocturno, eterno hijo del Patriarca? Jacob lo era de Isaac (v.), patriarca de escaso relieve en la Biblia (v.), y de Re­beca (v.), la dulce novia del pozo de Nahor; hijo, por lo tanto, de un matrimonio de amor. ¿No fue ya profético el nombre que recibió en su nacimiento? Nacido, efectivamente, después de su hermano gemelo, salió del vientre de su madre agarrado a un talón de aquél: Jacob significa «el que mantiene cogido el talón», y, también, «el que se aferra, el que suplanta».

Este nombre había de quedar sobradamente justificado. Nos lo imaginamos cual un hermoso niño semita, de ojos despiertos y negros rizos, predi­lecto de su madre por su vivacidad y su gracia. En realidad, representa, frente a su hermano Esaú (v.), rústico cazador, la in­teligencia aguda que penetra todos los pro­blemas, pero que, asimismo, persigue su ob­jetivo sin vacilaciones. El episodio del plato de lentejas, que Jacob rehúsa a su herma­no hambriento, no es ciertamente un anun­cio de la caridad cristiana.

Y la astucia con que Rebeca logra hacer bendecir por el viejo padre ciego a su hijo preferido parece demostrar, precisamente, que ya en la Biblia el fin también justificaba los me­dios. Sin embargo, Dios tenía decretados sus designios acerca de aquel joven. Tras largos años pasados junto a su tío Labán — durante los cuales casará con dos muje­res, Raquel (v.) y Lía (v.), con una por amor y con la otra contra su voluntad—, y luego de haber librado en el paso del Yablos el combate que le consagrará ven­cedor, asumirá la dirección del pueblo es­cogido para guiarlo en una nueva etapa: la de su establecimiento en la Tierra de Promisión y la unión definitiva del pueblo de Dios con su país.

Por lo demás, ¿acaso el Señor mismo no le ha mostrado, en el más bello de todos los sueños, que él, con los suyos, va a ser el vínculo entre la tierra y el Cielo, la escalera por la que la humanidad subirá al encuentro de los án­geles? Por ello dará origen a las doce tri­bus de Israel, símbolo de todos los pueblos, y por esta razón saldrá de su posteridad el mismo Mesías. Volveremos a hallar a Jacob al final de la historia de su hijo José (v.): una vez lo habrá encontrado, luego de tantos años, se dormirá junto a él en el Señor, y su cuerpo embalsamado será llevado nuevamente a Palestina, como supremo signo de fidelidad. Éste fue Jacob, el patriarca; y si bien toda la humanidad puede reconocerse en el episodio crucial de su vida, Israel, el pueblo que llevará su nombre, hallará en él su semblante, mara­villosamente fiel: pronto a luchar y a forzar a Dios para la defensa de sus ver­dades.

H. Daniel-Rops